NAGUIB MAHFUZ

Naguib Mahfouz (Copyright: ©Chris Steele-Perkins / Magnum Photos)

Escritor egipcio, nacido en El Cairo en 1911 y que murió en esta misma ciudad el año 2006. Premio Nobel de Literatura en 1988.

BIOGRAFÍA:https://es.wikipedia.org/wiki/Naguib_Mahfuz

Enlace Mercedes del Amo del realismo al simbolismo : http://www.estudiosarabes.org/files/Del%20Amo_Realismo.pdf

Enlace Religión, cultura e identidad en la obra de Naguib Mahfuz : https://pensamientoycultura.unisabana.edu.co/index.php/pyc/article/viewArticle/1192/1747

Nagib Mahfuz el mantial árabe por Iván Fernández : http://www.gurbrevista.com/2015/03/naguib-mahfuz-el-manantial-arabe/

Nueva revista de política y de arte: la literatura de Naguib Mahfuz:https://studylib.es/doc/6014989/la-literatura-de-naguib-mahfuz

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS

El callejón de los milagros”, novela escrita por Naguib Mahfuz y publicada como “Zuqaq al-Midaq” en el año 1947, presenta una gran riqueza de personajes que viven en este mísero callejón de la zona de Al-Gamaliya, corazón del barrio fatimí del El Cairo. Está ambientada en los años de la Segunda Guerra Mundial. Los ingleses controlan la ciudad y mantienen un gran contingente de tropas. En la ciudad se dan la mano la escasez, el estraperlo y la afluencia de dinero.

El barrio y su callejón se mantienen fuera de la vorágine que sacude la ciudad, la miseria y la resignación lo visten con sus sombras. Escapar de allí es la única esperanza para la protagonista Hamida –una joven hermosa, posesiva y de mucho genio, muy ambiciosa y que además se sabe codiciada por muchos pretendientes- y con una única meta abandonar la pobreza. El tío Kamil, el vendedor de dulces, un grandullón ingenuo que dormita la mayor parte del tiempo, el barbero Abbas -que vive con él- un chico de veinte años, conformista, honrado y orgulloso del barrio donde reside y que fatalmente se enamora de Hamida, Hussain Kirsha el amigo de Abbas, joven impulsivo, inteligente e irascible que abomina el barrio y que trabaja para los ingleses, el dueño del café del mismo nombre el señor Kirsha, padre de Hussain, viejo, casado, con nietos y que es homosexual, la dueña avara del inmueble  la señora Saniya Afifi donde vive Hamida con su madre Umm Amida – casamentera profesional- , el doctor Booshy –un dentista impostor que ejerce como tal-, el jeque Darwish que de joven había sido profesor de inglés y ahora sin trabajo y familia malvive por los cafés. El personaje oscuro de la novela es Zaita, un sujeto especial y nauseabundo que vive de los mendigos –los deja lisiados o ciegos para sacar más limosnas y por las noches les obliga a pagarles una parte-. El tendero ya de mediana edad Salim Alwan, el dueño rico del bazar que desea a Halima. El personaje positivo es Radwán Houssani, que infunde respeto bien por su posición social –es el dueño de otro inmueble del barrio- vive considerado como un hombre santo con su mujer y además de por su riqueza también por su sufrimiento, ha visto morir a sus hijos y vive ejemplarmente en la resignación de la religión con su mujer, sobreponiéndose a la adversidad y aconsejando con respeto a los habitantes del barrio.

En el café de Kirsha hay también tráfico de hachís –el dueño está alerta por si la policía hace una redada- los clientes beben café y se reúnen a fumar  el narguile, de noche prosiguen la velada en la azotea de Kirsha. El dueño del bazar Salim Alwan está haciendo mucho dinero con el estraperlo de la guerra, tiene mucho excedente de té, los hijos –ya acomodados quieren que cierre el negocio y lo venda- sin embargo él se resiste, se siente joven y los amenaza con desheredarlos. La señora Afifi pide a la casamentera Umm Amida que le busque marido, pero que sea un funcionario. Abbas el ingenuo barbero, de buen corazón, consigue -a pesar de la falta de correspondencia por parte de Hamida e insitiéndole mucho- que ésta se comprometa con él para casarse, en cuanto ahorre algún dinero trabajando para los ingleses volverá. Salim Alwan pide a la madre de Halima que prepare su boda con ella. Hamida a pesar de la promesa a Abbas antes de su partida -ahora lo detesta por pobre, antes era su única salida- sueña con que se pueda hacer realidad una vida lujosa, pero Salim Alwan sufre un ataque al corazón y se esfuman en tan poco tiempo sus esperanzas. Hushain Kirsha abandona el barrio, gana buen dinero dedicándose al estraperlo con los ingleses y vive bien por ahora, desprecia su barrio sin electricidad y va a vivir en un barrio próspero de la ciudad.

Salma Hayek como Hamida en la película Midaq Alley rodada en México

Los negocios de Zaita y el doctor Booshi son turbios y de delincuentes: profanan las tumbas en busca de dentaduras postizas de los muertos recientes para venderlas. Son sorprendidos por la policía y enviados a prisión.

Un callejón

CONCLUSION:

En esta obra de Naguib Mahfuz aparece el barrio de los pobres, sin esperanza en medio de la mugre y la basura, son el último escalón social con muy pocas posibilidades de prosperar o de ascender socialmente. Sus personajes se mueven por intereses: sexo, avaricia, envidia, maldad intrínseca…tienen detrás tanta adversidad, que están inmersos en su odio –Zaita- sin rectitud espiritual, son ruines y faltos de escrúpulos. No tienen lazos de amistad, ni tampoco de empatía, sólo les mueve el interés propio dentro de ese lodazal en el que se mueven. Abbas y su amigo el tío Kamil forman un grupo aparte con el  respetado señor Radwán Houssaini. Los demás son seres muy egoístas.

Cuando sale a las calles Sanadiqiya, Ghouriya y entran a la calle Mouski –llena de tiendas- pasean hasta Darasa, Hamida –sueña con una posición cerca de la riqueza,vestidos, perfumes y del dinero, la deslumbrarán los billetes de banco que sacará para pagar Faraj Ibrahim para fascinarla y engañarla- con su vestido raído y sus viejas sandalias paseando con las amigas obreras textiles fuera de la corriente vital para emprender una nueva vida emancipada. Abbas se ha ido a ganar dinero para poner una barbería en la calle Mouski y ofrecerle a Hamida una estabilidad. Hamida se recrea en su belleza, sus grandes ojos negros y la melena que se cepilla cuidadosamente sueña con vestidos nuevos y caros. Su figura atrae a los hombres y ella lo percibe vanidosamente. Mahfuz interpreta con un buen tratamiento psicológico el universo femenino de la mujer egipcia cairota de esos barrios humildes, que solo a través del matrimonio y en algún caso –obreras judías textiles- por la necesidad de mano de obra en época de guerra, pueden alcanzar un status social más libre. Las mujeres salen bien caracterizadas y nunca prejuzgadas de antemano, bien sean esposas, madres y hasta prostitutas. La panadera está todo el día a palos con el marido, un grandullón con pocas luces. El viejo señor Kirsha, dueño del café tiene un “vicio”, es homosexual, y la gente del callejón lo sabe, lo ve por mucho que su buena mujer le increpe e insulte, la pobre busca inútilmente a Radwán como único e inmejorable intermediario para que su marido deje al muchacho del que se ha encaprichado. Aparece el mundo de la prostitución con la figura del macarra Faraj Ibrahim y el entorno de los barrios elegantes con los bares para los soldados ingleses. El proxeneta, que es un gran cínico y mediante argucias de enamorado deslumbra a las muchachas de los barrios más desfavorecidos, surtiendo de carne fresca al incesante mercado carnal de El Cairo.

En esta novela realista se refleja ese microcosmos del callejón Midaq, triste y sombrío dónde no hay salida. Es un viejo mundo tradicional que ha perdido el tren de la modernidad. En las primeras páginas llega un poeta ciego al café y Kirsha lo echa, ya tienen una radio y no quieren que les recite, el pobre ya no tiene dónde ir. Tiempos nuevos en el que el dinero y la codicia lo mueve todo, no hay otro motor. Salen fuera a la nueva ciudad, llena de ruido y coches, vida ajena a su triste devenir, intentan vanamente parecerse a las nuevas clases medias y no pueden, han de volver al callejón resignados. Sólo Radwán antes de hacer el viaje a la Meca –el Job de la infinita paciencia ante las desgracias familiares- les dice que la vida merece ser vivida, que es lo más importante, sentirse querido por el don de vivir un día más apreciándola. A Abbas le aconseja que regrese al campamento de trabajo y que ahorre, busque una mujer y forme un hogar, que no vaya tras la desgracia.

Edward Said decía: “Mahfuz va directo hacia ti, te sumerge en un denso flujo narrativo, entonces de deja nadar en él al tiempo que dirige con extraordinaria habilidad las corrientes, los remolinos y olas de las vidas de los personajes, la vida de Egipto bajo los primeros ministros como Saad Zaghul y Mustafá El Nahhas y decenas de otros detalles de partidos políticos, historias similares. Realismo, sí, pero también una visión que englobe todo, no muy diferente a la de Dante en hermanamiento de la actualidad terrena con lo eterno, pero sin el cristianismo”. Para Mahfuz existe un paralelismo entre la conducta de Hamida y el propio desarrollo histórico de Egipto, Hamida es Egipto. Mahfud había conocido la revolución del 19 contra los ingleses, se había metido en el partido Wafd nacionalista a capa y espada, había visto como se sucedían los gobiernos de Saad Zaghul y Nahhas, adónde había llegado la corrupción y el amiguismo funcionarial…la democracia era raquítica, vigilada por los británicos que manejaban por detrás al rey Faruk. Lo tradicional era rápidamente engullido por un orden materialista que cortaba los lazos del pasado, costumbres y maneras fueran mejores o peores, pero desde el punto de vista de un nacionalista siempre salían de un tronco común con raíces milenarias. Egipto subsumía a los invasores…ellos la conquistaban y pasado un tiempo adoptaban sus maneras inalterables.

Durante el primer tercio del día, el callejón permanece sumido en la sombra y es frío y húmedo. El sol no penetra en él hasta que no llega al cénit y logra superar, al mediodía, la barrera que lo cubre. Sin embargo, amanece temprano y el bullicio matinal invade hasta los más recónditos rincones. El primero en levantarse es Sanker, el camarero del café, que comienza el día reordenando los divanes y encendiendo la estufa. Luego, llegan los empleados del bazar de dos en dos o por separado. El siguiente es Jaada, con la masa del pan. Incluso al tío Kamil lo ve uno moverse a esta hora, abriendo la tienda y disponiéndose a desayunar. El tío Kamil y Abbas tenían la costumbre de desayunar juntos. Sobre una fuente colocada en medio, había las habas hervidas, las cebollas crudas y los pepinos con vinagre. Sin embargo, su manera de comer era muy distinta. Porque si Abbas se tragaba el pan en un instante, el tío Kamil lo masticaba lentamente, hasta el punto de esperar a que se le fundiera en la boca. A menudo decía: «Para que la comida te aproveche, hay que digerirla antes en la boca». Por lo tanto, Abbas terminaba siempre de comer cuando el otro estaba todavía entretenido en mordisquear las cebollas. Y como el tío Kamil temía que Abbas se comiera su ración, dividía las habas en dos raciones y vigilaba atentamente para que su compañero no se excediera.

El tío Kamil, a pesar de su corpulencia, no tenía fama de comilón, aunque goloso sí lo era. Era un buen pastelero, pero sólo tenía el prurito de hacerlo muy bien cuando le hacía un encargo algún particular, como Salim Alwan, Radwan Hussainy o Kirsha, el dueño del café. Su fama había traspasado los límites del callejón y llegaba hasta las calles Sanadiqiya, Ghouriya y la de los Orfebres. Pero las ganancias no se desbordaban nunca del marco de su frugal existencia. Y no mentía cuando se quejaba a Abbas de que, después de muerto, no tendría lo suficiente para una sábana con que envolver el cuerpo. Aquella mañana, sin ir más lejos, volvió sobre el tema.

[…]Entonces apareció Hussain Kirsha. Salía de casa, vestido con pantalón, camisa y sombrero. Se miró la hora ostentosamente, en el reloj de pulsera, con ojos que echaban chispas de vanidad y orgullo. Saludó a su amigo, el barbero, y fue a sentarse en el sillón de la barbería, para que le cortara el pelo. Era su día de permiso.

[…]Abbas se echó a reír y se miró el pelo en el espejo. Luego dijo con voz entrecortada:

—¡Soy un desgraciado!

Hussain le lanzó una mirada a través del espejo y le preguntó, con sarcasmo:

—¿Y Hamida?

El corazón de Abbas comenzó a latir violentamente ante la inesperada mención del nombre de su amada. La imagen de Hamida apareció ante sus ojos. Se sonrojó y murmuró sin darse cuenta:

—¡Hamida!

—Sí, Hamida, la hija de Umm Hamida.

El barbero se refugió en el silencio, con el rostro alterado. El otro se puso a hablar ásperamente:

—Estás atontado, muerto, con esa vida que llevas. Tienes los ojos dormidos, la barbería dormida. Tu vida es sólo sueño y atontamiento. Eres un muerto, me fatiga despertarte. ¿Te parece a ti que con esa vida harás realidad las esperanzas? ¡Qué va! Por mucho que trabajes, no conseguirás ganar más que para un trozo de pan al día.

[…]El atardecer…

El callejón volvió poco a poco a sumirse en la sombra. Hamida se echó el velo alrededor del cuerpo y escuchó el ruido de las sandalias de madera al descender los peldaños para salir a la calle. Atravesó el callejón consciente de su andar y de su figura, porque sabía que dos pares de ojos no cesaban de mirarla: los de Salim Alwan, el dueño del bazar, y los de Abbas, el barbero. Era perfectamente consciente, también, de la pobreza de su atuendo: un ajado vestido de algodón, un velo viejo y las sandalias con la suela gastada. Pero se había puesto el velo de modo que hiciera resaltar la elegancia del talle, la curva de la cadera y la bonita forma de los pechos, además de los tobillos bien torneados, que llevaba ceñidos con un aro. Había también tenido cuidado en dejar al descubierto la raya que partía su pelo negro y en no cubrir los encantos del rostro.

Descendió hacia la calle de Sanadiqiya para tomar, luego, por la de Mousky, resuelta a no volverse. En cuanto se alejó de la vista de los dos pares de ojos que la seguían, sonrió levemente y se puso a observar a los transeúntes. Sin familia ni fortuna, la muchacha nunca perdía la confianza en sí misma. Tal vez su belleza contribuía a su seguridad, aunque tampoco era la única causa.

Era fuerte por naturaleza y la fuerza no le había fallado nunca. En sus hermosos ojos leíase un gran sentimiento de poder, cosa que, al parecer de algunos, mermaba su hermosura, mientras que, según otros, la aumentaba. Vivía constantemente llevada de un intenso deseo de dominar que se manifestaba en sus ganas de seducir a los hombres y en sus esfuerzos por imponer su voluntad sobre la de su madre. Este instinto de dominio mostraba aspectos funestos cuando se peleaba y discutía con las otras mujeres del callejón, las cuales la detestaban y no paraban de hablar mal de ella. La acusaban, entre otras cosas, de odiar a los niños. La describían como una salvaje que carecía de los atributos naturales de la feminidad. La esposa de Kirsha, el dueño del café, que la había criado, esperaba con secreto regocijo el día en que ella también sería madre, cuando amamantara a sus hijos bajo la severa mirada de un esposo tiránico que la pegara sin compasión.

Zouqaq al-Midaqq 1963 película

[…] Tú no perteneces a este barrio y la gente que vive en él no es de tu clase. Tú eres distinta. Aquí tu eres una extranjera.

[…] Aunque no era una dulzura natural y en el fondo lo sabía que era un tigre al acecho del momento idóneo para saltarle encima…[…] sentía que aquel hombre era distinto de la masa de desgraciados irremisiblemente sumidos en la pobreza. La prueba era su porte distinguido y los billetes de banco. Se sorprendió ante su propia capacidad de despreocupación, de su osadía aventurera y descubrió qué era lo que más le atraía en aquellos momentos, si el hombre en sí o la aventura. Tal vez las dos cosas a la vez. El taxi arrancó y ella se olvidó de todo por unos momentos.

[…]Dejó la comida y el tabaco sobre la repisa y se puso a mirar con atención a sus dos interlocutores, con mucha paciencia y una gran calma. Su mirada se detuvo, finalmente, en el más alto: era un gigante muy bien plantado al que Zaita dijo, sorprendido: – Eres un mulo, ni más ni menos. ¿Por qué quieres mendigar?

El hombre contestó con voz entrecortada: – He fracasado en todos los oficios. He probado muchos, incluso el de mendigo, pero nunca he tenido éxito. Tengo una suerte negra y el espíritu embotado. No comprendo nada ni sirvo para nada.

– Debieras haber nacido rico – le replicó desagradablemente Zaita.

Pero el otro no comprendió la broma. Intentó enternecerlo derramando unas pocas lágrimas y soltando unos cuantos gemidos: – Todo me ha salido mal. Incluso como mendigo no he logrado dar ni con una sola alma piadosa. Todos me dicen que soy fuerte, que debo ponerme a trabajar. Y eso cuando no me insultan. No comprendo por qué.

– ¡Dios mío! – exclamó Zaita rascándose la cabeza -. ¿Ni eso comprendes?

– ¡Dios te guarde y te dé la paz!

Zaita no se cansaba de examinarlo, pensativo. Finalmente dijo con mayor brío, palpándole las articulaciones: – Estás verdaderamente fuerte. Tienes los músculos en muy buen estado. Me pregunto qué comes.

– Pan cuando hay. Y nada más.

– Vaya, tienes cuerpo de diablo. ¿Cómo serías si comieras esos animales a los que Dios colma de dádivas?

– No lo sé – contestó el otro con ingenuidad.

– No sabes nada, naturalmente. Ya lo hemos entendido, claro. Y más vale así. Porque si fueras inteligente, serías uno de los nuestros. Escucha bien, de nada te serviría que te mutilaran los miembros.

En el rostro del bruto se marcó una viva decepción, y Zaita, al ver que iba a recomenzar una crisis de lágrimas, se apresuró a añadir: – De nada serviría romperte el brazo o una pierna, porque jamás conseguirías dar lástima a nadie. Las mulas como tú solo consiguen despertar indignación. Pero no te desesperes – dijo por fin, tal como esperaba impacientemente el doctor Bushi -, existen otros medios. Te puedo enseñar el arte de ser cretino, por ejemplo; para eso servirías. Y te haré aprender de memoria algunas alabanzas al Profeta.

El rostro del hombre se iluminó de agradecimiento, y se puso a implorar a Dios en su favor. Zaita atajó sus efusiones para preguntarle: – ¿Por qué no te haces ladrón?

El hombre contestó, apesadumbrado: – Soy un pobre hombre, pero bueno, y no deseo mal a nadie. Amo sinceramente a la familia del Profeta.

Zaita exclamó, indignado: – ¡No pretendas ablandarme con esas monsergas! – Luego se volvió hacia el segundo, que era bajito y enclenque, y dijo con voz satisfecha-: ¡Felicidades! ¡Tu servirás!

El otro sonrió y exclamó, lleno de agradecimiento: ¡Alabado sea mil veces el Señor!

– Estás hecho para ser ciego y paralítico.

A lo que el hombre contestó, muy contento: – Por la gracia de Dios.

Zaita sacudió la cabeza y le advirtió, sopesando las palabras: – Es una operación muy delicada. Supongamos lo peor, que pierdas de verdad la vista, a causa de un accidente o de un error. ¿Qué harías?

El otro dudó un instante y luego contestó con indiferencia: – Sería un don del cielo. ¿Qué provecho he sacado de mi vida para lamentar perderla?

Zaita pareció oír con satisfacción la respuesta: – Con un corazón como el tuyo, estás bien preparado para afrontar el mundo.

– Con la venia de Dios – replicó el otro-, dejo mi alma entre tus manos. Te daré la mitad de lo que me entreguen las almas piadosas.

Zaita le lanzó una mirada cruel y le dijo con brutalidad: – Ésta no es manera de hablarme. Me contento con dos céntimos diarios, a parte de los honorarios de la operación. Y sé muy bien cómo cobrar lo que me debes, por si acaso se te ocurriera escabullirte.

Entonces el doctor Bushi observó: – No has mencionado tu parte de pan.

Zaita prosiguió: – ¡Claro, claro! ¡Y ahora manos a la obra! La operación es dura y pondrá a prueba tu resistencia al dolor. Intenta disimular todo lo que puedas.

Y al imaginarse el sufrimiento que sus despiadadas manos iban a infligir a aquel cuerpo flaco y desnutrido, dibujó una sonrisa diabólica con sus exangües labios.

TRILOGÍA DE EL CAIRO

ENTRE DOS PALACIOS

Entre dos palacios

Esta novela realista es la primera de la trilogía de El Cairo: “Entre dos palacios”, “Palacio del deseo” y “La azucarera”, escrita por Naguib Mahfuz en el año 1956 y  muestra la vida y avatares de una familia: la de un próspero y notable comerciante en el barrio de Gamaliya en esta ciudad. Es la historia del Señor Ahmad Abd al-Gawwad, su esposa Amina y sus hijos Yasin (hijo de un matrimonio anterior) Fahmi, y Kamal y las hijas Jadiga y Aisha. Transcurre la narración dentro de una época de finales de la Primera Guerra Mundial en 1917 a 1919, con la suerte echada para los intereses nacionalistas egipcios en su seguidismo del eje turco-alemán y el cerco colonial británico, dueño del país con intereses geoestratégicos en el Canal de Suez entre otras rutas a sus posesiones en Sudán. Las ansias de independencia sembrarán los siguientes años bajo el Protectorado inglés y ésta no se conseguirá a costa de numerosas muertes hasta el año 1922.

Los Abd-al-Gawwad son una familia de valores conservadores y muy tradicionales. El padre es un sujeto enérgico, tiránico, autoritario que en su casa ejerce un poder incontestable y que no admite insinuación de rebeldía o enfrentamiento. Castiga y aterroriza sin piedad cualquier atisbo de desobediencia, sólo queda el sometimiento, una sumisión servil como la de la segunda esposa Amina, que lleva veinticinco años de casada y que está imposibilitada de salir sin permiso del dictatorial marido a cualquier evento religioso e incluso ir a visitar a su madre. Está encarcelada, ejerciendo de pulcra ama de casa, hacendosa en sus quehaceres domésticos y aguardando al señor después de sus salidas nocturnas con una lámpara para que suba las escaleras y desvestirle antes de acostarse. Tiene terror ante la mirada escrutadora del marido cada que vez que se dirige a él y se encuentra con esos ojos temibles y esa voz tronante e irritada. A esta mujer solo le queda el respeto y la obediencia ciega y esperar a que el señor sacie su vanidad para encontrar recovecos que le permitan la paz familiar con el resto de la familia, que también imploran su intercesión ante él. Cuando el marido se va a la tienda por la tarde, el momento crucial para el resto de la familia abnegada y aterrorizada  es el reunirse en la tertulia del salón del café, en torno a la madre y hablar de todo, reñir, zaherirse entre los hermanos y hermanas –Jadiga la fea y Aisha la guapa-  y encontrar la manera de que el padre no se entere de sus pequeños deslices – miran por la celosía a los muchachos- o temer sus castigos y su intransigente severidad. 

Pero Ahmad el comerciante-con un físico imponente y de buena planta y además listo para los negocios- fuera de su casa es hablador, risueño, divertido, pues gusta de las bromas con sus amigos y por decirlo claramente, lleva una doble vida es un hipócrita, le gusta la poesía, la música, el vino y las mujeres. Persigue vivir plenamente su posición social con otros comerciantes como él en las veladas en torno a las cantoras, amantes y saborear la buena vida entre la juerga, la borrachera y el adulterio. La rectitud y la dureza en casa contrasta con el libertinaje fuera de ella. Regresa a casa a representar un papel colérico, intransigente y carcelero y fomentar fama y honra de un hombre respetable, amparado en la religión que usa a su modo –por supuesto los familiares no saben nada y cuando lo sepa alguno, en su situación de casado, tendrá admiración hacia el padre por su parte, incluso lo intenta emular- y que después no cumple como un buen creyente.

Entre medias asistimos a la petición de boda de Aisha en detrimento de la mayor Jadiga, nos enteramos de la labor de las casamenteras,  de la situación de la mujer predestinada a casarse y obedecer los planes de los padres, sometidas al destino -sin conocer al novio- sin saber que le puede esperar la ruleta de la fortuna. Jadiga y los celos por no ser la primera en casarse… Mariam, elegida por Fahmi para ser su esposa y el rechazo de Ahmad el padre de Fahmi. Yasin –con una infancia atormentada, fruto del divorcio del padre de su primera mujer- émulo fiel del padre, muy parecido físicamente a éste y que se casará y divorciará tras un matrimonio fallido y convenido por el padre. Amores y desventuras. Retrato veraz de la sociedad musulmana cairota de aquel entonces. El padre con su imposición educativa hacia sus hijos, los quiere moldear como autómatas, carentes de albedrío, sujetos a una férrea disciplina, carente de cualquier atisbo de alegría y que ante el avance de nueva época que rompe con lo anterior, esa falsa estabilidad pretendida de fidelidad religiosa- familiar será diluida y transformada con la llegada de la revolución y las manifestaciones nacionalistas.

Para Germán Gullón: “Los sucesos ocurren como en la vida, inesperadamente, y, a veces, se presentan arracimados, en otras ocasiones solos, pero siempre nos confrontan con la cruda realidad de vidas en que el destino acaba ganando la partida”. La religión y las tradiciones coartan o estrechan las salidas vitales, fuera de los prejuicios y supersticiones. Sigue Germán: “Leyendo la obra uno comprende mejor cómo es la vida en una sociedad musulmana, donde las bondades y defectos de los personajes son iguales a los nuestros, aunque en el fondo persiste una creencia, desaparecida mayoritariamente en la sociedad española actual, laica a todas luces, de que Dios dirige nuestros destinos. Hay algo reconfortante en pensar que hay un ser supremo que en todo momento decidirá lo mejor para el hombre”. Prosa lenta y rica en detalles que exigen paciencia […]”  historias contadas al estilo tradicional, con verdadero y original arte de narrar; de hecho, la novela supone un gran rosario de historias, que el narrador desgrana una a una, con la paciencia de un anciano relator de cuentos”.

La costumbre que la hacía despertarse a esta hora era muy antigua. La tenía desde jovencita y seguía conservándola en su madurez. Había aprendido pronto, junto con otras muchas obligaciones de la vida conyugal, que tenía que despertarse a media noche para esperar a su marido cuando este regresaba de la velada, y seguir a su servicio hasta que él durmiera.

[…]La celosía estaba situada frente a la fuente de Bayn el-Qasrayn, y bajo ella se encontraba la calle de el-Nahhasín, que bajaba hacia el sur, con la de Bayn el-Qasrayn que subía hacia el norte. La calleja de la izquierda era estrecha y sinuosa y estaba envuelta en una oscuridad que se hacía más densa en los lugares más altos, adonde daban las ventanas de las casas dormidas, y se difuminaba en las partes más bajas a causa de las luces procedentes de los faros de los coches y de los rótulos luminosos situados en los cafés y en algunas tiendas que permanecían en vela hasta que despuntaba el alba. A la derecha, la calle estaba envuelta en sombras, ya que en esa zona no se encontraban los cafés sino las grandes tiendas que cerraban temprano sus puertas. Sólo detuvo la mirada ante los minaretes de Qalawún y Barquq, que relucían como fantasmas de gigantes, despiertos bajo la brillante luz de las estrellas. Era un panorama al que sus ojos estaban acostumbrados desde hacía un cuarto de siglo y del que nunca se cansaba —quizá porque a lo largo de su vida, y a pesar de su monotonía, nunca había conocido el aburrimiento—; por el contrario, había encontrado en él al amigo y compañero para sus horas de soledad, del que se había visto privada durante tanto tiempo. Esto fue antes de que sus hijos llegaran al mundo, ya que aquella gran casa, con su patio polvoriento, su pozo profundo, sus pisos y sus amplias habitaciones de techos altos, sólo la había albergado a ella durante la mayor parte del día y de la noche. Cuando se casó era todavía una niña, aún no había cumplido catorce años, pero pronto, tras el fallecimiento de sus suegros, se había visto a sí misma como dueña y señora de la gran casa.

[…]De todos modos, ella no conocía la verdadera tranquilidad hasta que regresaba el ausente. Sin duda, la sola presencia de este en la casa, despierto o dormido, era para ella una garantía de tranquilidad de espíritu, ya estuvieran las puertas abiertas o cerradas y la lámpara encendida o apagada. Una vez, en su primer año de convivencia, se le había ocurrido manifestar una especie de protesta educada ante su continuo trasnochar. Como respuesta él la cogió por las orejas y le dijo elevando la voz en tono tajante: «Yo soy un hombre, el señor absoluto, y no acepto ninguna observación sobre mi conducta. Lo único que tú tienes que hacer es obedecerme, y ten cuidado, no me obligues a corregirte». De esta lección y otras que siguieron ella había aprendido que podía hacer cualquier cosa, incluso frecuentar a los ifrits, salvo encolerizarlo, y que le debía una obediencia incondicional; y así lo cumplió; se dedicó a obedecerle con tal abnegación que llegó a aborrecer hacerle cualquier reproche a su costumbre de trasnochar, incluso en su fuero interno. Se convenció a sí misma de que la verdadera hombría, el despotismo y las veladas prolongadas hasta más de medianoche eran atributos indispensables de una misma esencia.

[…]Le habían dicho una vez que un hombre como el señor Ahmad Abd el-Gawwad, con su riqueza, su fuerza y su belleza, con sus continuas veladas, no podía carecer de mujeres en su vida. En su día sintió el veneno de los celos y la dominó una inmensa tristeza, pero como no tenía valor para hablar con él de lo que le habían dicho, fue con la pena a su madre. Esta comenzó a calmar su ánimo con las más dulces palabras que pudo encontrar y luego le dijo: «Él se ha casado contigo tras haber repudiado a su primera esposa, y podía haberla recuperado si hubiera querido, o casarse no sólo contigo sino con dos, tres o cuatro más, ya que su padre se casó varias veces. ¡Agradece a Dios que él te haya conservado como única esposa!». A pesar de que las palabras de su madre no habían conseguido calmar su tristeza cuando esta era más intensa, con el paso de los días reconoció la gran verdad que había en ellas.

[…]¿Qué ambiciona cualquier mujer, aparte de la casa conyugal y la satisfacción sexual…? ¡Nada! Son animales domésticos, y como tales han de ser tratadas. Cierto que a los animales domésticos no se les permite importunar nuestra vida privada. Han de esperar en casa hasta que decidamos acariciarlos. Ser un marido dedicado a la vida conyugal es la muerte.”

Conclusión: es una gran novela, quizás la mejor de su trilogía y de toda su obra novelística. Naguib Mahfuz recibió el premio Nobel de Literatura en 1988. Nos presenta otro tipo de sociedad, bastante desconocida por nosotros de Occidente y aprendemos a conocerla, a estimarla porque su historia nos conmueve, está llena de detalles, de psicología de personajes – unos mejor trazados que otros- con sus amores, sus peleas, sus sueños, sus rezos constantes, la fuerza centrípeta de las tradiciones y el yugo que soporta la figura de la mujer…animal doméstico. Es importante la figura de la mujer en esta sociedad ancestral, que la relega a una subordinación hiriente con respecto al poder del hombre, pero que aquí en la novela se presenta y transpira sin sentencias, ni buenos ni malos, no se hace balance, dejando la novela libre de encajonamiento o prejuicio. Amina la esposa sumisa y temerosa del señor, dueño de la hacienda y de todo, Jadiga la fea, que venera al padre desde el temor reverencial y que fustiga con su lengua a los demás hermanos, Aisha la guapa, sin preocupaciones existenciales. Kamal el pequeño de los hijos es el nexo entre los personajes, es el pequeño juguetón y travieso, muy unido a la madre y a las hermanas. Yasin el hijo mayor, es el funcionario, todo vigor y pereza, amante de la poesía y de la borrachera al que le pierde su líbido. Fahmi, el estudiante de leyes que Mahfuz escoge para abanderar las páginas de la revolución y que es un alma atormentada…y también es la historia de un barrio rico del distrito de Gamaliya, encuadrado en El Cairo medieval, con su calle Bayn al Qasrayn (Entre dos palacios) que daría título al libro y que seguirían Qasr al-Shwaq “Palacio de los deseos” y Al-Sukkaryya “La azucarera”. Todas con el nombre de una calle de ese Bayn al-Qasryn (Cairo medieval) lleno de tiendas, de mercancías, de artesanos, gente que entra en ella con  saludos protocolarios interminables, de regateos, de miradas y de insinuaciones constantes, de sentencias religiosas, de consejos y de risas y bromas. Vida que ya no se encuentra, perdida en esos años que Mahfuz conoció y que ya no se puede retener por los nuevos cambios sociales que llegan y lo transforman todo.

PALACIO DEL DESEO

Esta es la segunda novela de la trilogía cairota de Naguib Mahfuz sobre los avatares de la familia de Ahmad Abd el-Gawwad comprendida entre los años 1924 a 1927.

Mahfuz a través del personaje del hijo menor Kamal nos aproxima a un contexto autobiográfico en el que nos muestra sus lecturas y conocimiento de las novelas inglesas, rusas y sobre todo las francesas. Todo esto lo mezcla con un tratamiento psicológico profundo. Esta saga podríamos decir al estilo Tolstoi o de Thomas Mann, ya iniciada con su anterior novela “Entre dos palacios” persigue dar cuenta de la  irrupción de un momento de transformación o de transición en el país. Kamal entra en una escuela de élite y conecta con un grupo de amigos de la alta sociedad egipcia que tienen ideas modernas, occidentalizadas y que por su alta posición se muestran fuera de los ideales de tipo tradicionalista y religioso del propio Kamal. Por su amistad con Husein, el hijo del señor Saddat va interaccionando con la filosofía, con la ciencia, con la literatura occidental , con la manera de vivir de la familia que había conocido el exilio en París, en la que el hombre y la mujer mantienen un nivel de equiparación –ve como el padre abre la puerta del coche y cede el paso a su mujer, o como caminan a la par- además de enamorarse perdidamente y en secreto de Aida, la hermana de Housein, su mejor amigo. Housein tiene ideales occidentales, convincentes para Kamal  que asume sus disertaciones de filosofía, ciencia y literatura y que le hacen cuestionarse su vida tradicional y religiosa. Kamal ama la filosofía y quiere llegar a ser escritor. Sus visitas al palacio –residencia de los Assad, monárquicos y liberales, con un patrimonio fruto de los negocios en la bolsa- de esta adinerada familia le hacen posible ver, de vez en cuando a su adorada Aida, pero de manera siempre furtiva, intentando que no se trasluzca su embravecido mar interior, mientras discuten de política, de arte y de religión con los otros amigos. El pobre Kamal tiene un problema físico, a pesar de ser alto y muy delgado, tiene una gran nariz y una cabeza grande para su cuerpo y se siente muchas veces acomplejado. El amor para él es algo incorruptible y sublime, próximo al ideal de belleza, que no puede descomponerse, ni marchitarse por ningún acto, está más allá en un puesto de perpetua adoración a la perfección de la amada…la verdad es que Kamal sabe poco de lo real o lo terrenal. Aida en realidad es una mujer cuatro años mayor que él y ha nacido en el extranjero, lee novelas francesas y de vez en cuando deja caer alguna palabra en francés, viste a la manera occidental. Kamal mezcla en su cerebro ideales de belleza y eleva a un ser angélico a su amada. Los demás fingen bien y lo saben, incluida Aida que no le ama. Kamal tiene una crisis religiosa, quiere indagar en el sentido de la vida, cuestiona el amor y las tradiciones e incluso la existencia de Dios.

Ahmad, el padre después de un largo tiempo sin ver a los amigos en las veladas, vuelve a reencontrarse con ellos y reanuda sus costumbres nocturnas (alcohol, entretenimiento con la música y por supuesto las mujeres). Tiene ya cincuenta y cinco años y ya no es el mismo, está en el declive. Yasín, el hijo mayor se casa con Maryam, la vecina que veía por las tardes en la azotea. Este casamiento lo realiza en contra del parecer del padre, quien no le da el consentimiento. Él sin embargo, se va a vivir con su esposa a la casa heredada de su madre. El padre así va asistiendo a la insubordinación de sus hijos –Kamal quiere ser maestro a pesar de todos los razonamientos en contra de Ahmad- e incluso permite que su mujer vaya a rezar a la mezquita de Al-Husein. La ciudad cambia y a pasos agigantados. En cierta calle corre el alcohol y la prostitución. Yasín irá allí a pesar de estar casado con Maryam, pronto se cansa de su nuevo estado. Yasín aunque sigue los pasos del padre en su vida libertina, no tiene la discreción de este y sucumbe fácilmente a su deseo carnal obsesivo. Kamal también sucumbe y por un tiempo al whisky y a las prostitutas, pero  después de que Aida se case y su amor no sea correspondido. Ahmad el padre tiene una amante Zannuba, tocadora de laúd en una orquesta y que Ahmad mantiene en exclusiva en una barcaza en el Nilo, donde acude todas las noches. Zannuba coincide con Yasín – a quién ya conocía- se emborrachan y van a la casa de Yasín. Maryam, la mujer despierta y se pelea con ellos. Se va de casa auxiliada por los vecinos. Yasín se vuelve a casar, ahora con Zannuba, quien no le descubre que su padre ha sido su amante, pero ésta ve que casándose adquirirá la respetabilidad que le hace falta antes de envejecer. Ahmad tenía planes con Zannuba, se siente despechado y ante la irracionalidad de su amor por la joven –tenía planes de casarse con ella- ve en el último momento que le conducían a la ruina de su respetabilidad y su fama entre la gente conocida y dolido frena su rabia. Volverá con sus amigos otra vez y sufrirá un ataque al corazón, del que saldrá con menos fuerzas y salud.

Después una epidemia de tifus asolará la familia de Aisha volcándose toda la familia unida en hacer por ella todo lo posible.

CONCLUSIÓN

En este período Egipto, independiente al fin, sufre un cambio profundo de todo orden: camina hacia un orden democrático y una modernidad europea y quiere romper con las ataduras de las tradiciones y las devociones férreas de la religión y aparecen también las nuevas costumbres o vicios como el alcohol, las drogas y la prostitución. Frente a la visión esperanzada del anterior libro sobre un cambio necesario, que la misma masa del pueblo pedía esperanzada Mahfud nos deja un pesimismo cierto con los vicios que traen los nuevos tiempos. Reivindica la novela a través de Kamal el avance hacia el conocimiento de la ciencia, único sendero que trae la luz, frente a los dogmas religiosos que practican con hipocresía y los trasgreden a la menor oportunidad. Mahfuz para algunos estudiosos de su obra, representa un árbol con raíces profundamente arraigadas en la historia y costumbres egipcias y que orienta sus ramas buscando el conocimiento a través de la ciencia y el saber. Preserva el sentido religioso y a la vez busca la luz del conocimiento, nunca la desdeña. En 1994 sufrirá un atentado que casi le cuesta la vida por el fanatismo religioso.

Mahfuz frecuentaba múltiples cafés –el Fisawui con sus espejos- de las calles y callejones del barrio fatimí en torno a Jan el Jalili, centro de mercado y de tiendas –hoy un enclave turístico- y era un hombre muy cercano a la gente, allí conversa y sobre todo escucha, crea un lenguaje propio en sus escritos para trasladar los dichos, las bromas, las inquietudes y los anhelos de la gente de su alrededor, la tristeza y la rabia, las aspiraciones y también la resignación al albur del destino…todo lo registra en un árabe escrito nuevo y bajo unos principios dickensianos y naturalistas. El propio Mahfuz –el menor de los siete hijos de una familia acomoda- había recibido en su infancia una influencia religiosa muy marcada al asistir a la escuela coránica y entrar a doctorarse en Filosofía más tarde- y muchos de estos dilemas o remordimientos entre su cimiento religioso y las lecturas filosóficas (Bergson, Shonpenhauer, Nietsche…etc) los plasma en el personaje de Kamal. En otro orden de cosas, Mahfuz no se aparta de esos rincones del dédalo de calles que pueblan ese microcosmos que alimentan su literatura más representativa. El “Palacio del deseo” desfilan los comerciantes de leche, de refrescos, fruteros, de pipas, de quincallería, de ultramarinos como Ahmad…las casas con un portón con aldaba y celosías en las ventanas, con un patio y un pozo profundo y subiendo a la azotea donde tender la ropa, avistar la ciudad y la vecindad e incluso alojar a las gallinas y los cabritos para el sacrificio en la fiesta religiosa –Amina la madre tiene hasta una hiedra y jazmín para hacer un emparrado de aroma, sombra y frescor-.

Que los perfiles fueran claros o no lo fueran, que los lograra en la Escuela de Magisterio o que esta no fuera más que un medio para llegar a ellos, su mente no sería capaz de apartarse de esta meta jamás. ¡Pero también debía reconocer que había un fuerte vínculo que los unía a su corazón, o mejor dicho a su amor! ¿Cómo era esto? No había relación alguna entre su «adorada» y el derecho o la economía, pero sí la había, aunque fuera sutil y velada, entre ella y la religión, el alma, la moral, la filosofía y los conocimientos semejantes, de cuyas fuentes le fascinaba beber; de manera parecida a los misterios que la vinculaban con el canto y la música, que él miraba con un estremecimiento de alegría y una gran embriaguez. Encontraba todo aquello en sí mismo, y creía en ello con toda su alma. Pero ¿qué podía decir a su padre? Recurrió de nuevo a la astucia y dijo:

—¡La Escuela de Magisterio enseña saberes importantes, como la historia del hombre repleta de principios morales, la lengua inglesa…!

El señor lo observaba mientras hablaba, cuando de repente los sentimientos de disgusto y cólera lo abandonaron. Reflexionó —como si lo viera por primera vez— sobre la delgadez del muchacho, su enorme cabeza, su gran nariz y su largo cuello, y encontró en su aspecto un algo extraño, semejante a la excentricidad de sus ideas. Su espíritu burlón estuvo a punto de echarse a reír interiormente, pero la compasión y el amor se lo impidieron. Se preguntó para sus adentros: «La delgadez es un fenómeno pasajero, la nariz es herencia mía, pero… ¿de dónde le viene esta asombrosa cabeza? ¿No puede ser que suceda a quienes, como yo, buscan los defectos, el ser presa de sus propias burlas?». Este pensamiento le produjo una desazón que duplicó su ternura hacia su hijo y, cuando habló, el tono de su voz resultó más reposado y más cercano a la comprensión y el consejo:

—El saber en sí mismo no es nada —dijo—. La importancia radica en su utilidad. El Derecho te llevará al puesto de juez, mientras que el cometido de la historia y sus principios morales es que seas un maestro desgraciado. ¡Detente largamente sobre esta conclusión, y reflexiona! —Luego el tono de su voz se elevó un poco, con cierta impetuosidad—: ¡No hay poder ni fuerza sino en Dios! Lecciones, historia… ¡Todo es hollín! ¿Es que no me vas a decir palabras razonables?

El rostro de Kamal enrojeció de vergüenza y de dolor, mientras escuchaba la opinión de su padre sobre los conocimientos y los elevados principios que él veneraba, viendo cómo los hacía bajar hasta el nivel del hollín, al compararlos con este. Sin embargo, no le faltó resignación cuando le vino a la mente —en aquel instante mismo— que su padre era, sin lugar a dudas, un hombre respetable, y sólo era víctima de una época, un lugar y una sociedad. ¿Servía de algo discutir con él? ¿Iba a probar suerte otra vez, recurriendo a un nuevo ardid?

—¡La realidad, papá, es que estos saberes gozan de la mayor estima en los países desarrollados! Los europeos los honran y erigen estatuas a los que destacan en ellos.

El señor apartó de él su rostro, mientras su muda expresión decía: «¡Dios mío! ¡Tranquilízate!». Pero no estaba realmente enfadado. Quizás juzgara el asunto como un gracioso imprevisto que no se le había pasado por la imaginación. Luego, volvió su rostro hacia el muchacho y le dijo:

—Como tu padre que soy, quiero estar tranquilo sobre tu futuro. Quiero que tengas un puesto digno. ¿Es que son dos cosas diferentes? Lo que me interesa verdaderamente es verte como un respetable funcionario, no como un miserable maestro, ¡aunque a este le erijan una estatua como a Ibrahim Basha, con el dedo levantado! ¡Alabado sea Dios! ¡Hemos vivido, hemos visto y hemos oído prodigios! ¿Qué tenemos nosotros que ver con Europa? Tú vives en este país… ¿acaso aquí se erigen estatuas a los maestros? ¡Muéstrame una sola estatua de uno de ellos! —Luego, con un tono de censura—: Dime, hijo mío, ¿quieres un cargo o una estatua?

Como no encontraba en Kamal más que silencio y confusión, le dijo con cierta tristeza:

—¡Tienes en la cabeza unas ideas que no sé por dónde se te han colado! ¡Te estoy invitando a que seas uno de los grandes hombres que han estremecido el mundo por su grandeza y su posición! ¿Es que tienes un modelo al que aspiras sin yo saberlo? Dime francamente cuál es tu intención para que mi mente se tranquilice y capte tus propósitos. ¡La verdad es que todo este asunto tuyo me tiene desconcertado!

LA AZUCARERA

Último libro de la trilogía de El Cairo escrito por Naguib Mahfuz y que abarca los acontecimientos sucedidos a la familia Abd el -Gawwad, al barrio y al país entre los años que va desde 1935 a 1944  centrándose más en el acontecer de los nietos. La novela toma el título de la calle Al-Sukkariyya donde viven las hermanas Jadiga –su marido Ibrahim Sháwkat y sus hijos Abd el Múnim y Ahmad-  y Aisha –esta viuda y además sin dos de sus hijos, muertos también como el padre por el tifus- con su única hija Naíma.  Por la otra parte, Yasin casado con Zannuba tenían a Redwán –hijo de Yasin y de su primera esposa- y una hija en común Karima. El abuelo Ahmad, su esposa Amira y Kamal vivían en la casa de siempre. Allí se traslada a vivir Aisha completamente trastornada por el dolor. Kamal vive en el piso de arriba donde tiene un despacho con una gran biblioteca de libros de filosofía en su mayor parte. Los hijos de Jadiga, Abd el Múnin y Ahamad están terminando sus estudios,  jurídicos y de letras y ambos entran en la edad adulta, pero el destino les reservará una bifurcación muy trascendente, uno el mayor Abd irá por su rigurosidad religiosa del lado del partido de los Hermanos musulmanes y Ahamad se decantará por los comunistas. Son tiempos de asentamiento de los partidos políticos –la novela se detiene en la parte histórica- partidos políticos con sus vaivenes y luchas por el poder de unos y otros –partido nacionalista Wafd en el poder- y la vigilancia estrecha e injerencia en los gobiernos egipcios ejercida por los británicos mantenían una crisis constante en la sufrida masa popular, que añoraba casi los tiempos de atrás. La corrupción campeaba en las esferas del poder en cuanto al ascenso funcionarial, Redwán –guapo y bien vestido- por su amistad con un solterón aristócrata bien posicionado dentro del partido Wafd, ocupa el puesto se secretario ministerial y asciende a su padre, postergado desde hacía mucho tiempo, pero sin méritos aparentemente ante los superiores inmediatos. Abd el Múnin también entra gracias a su primo en la judicatura. Kamal es el único que sigue con su rango de sexta clase como profesor de inglés en una escuela, con un sueldo poco sustancioso, aunque le cabe el respeto de muchos de sus alumnos a pesar de su cabezón y su narizota por su tenaz dedicación docente. Ahmad es el único que trabajará como periodista en una revista de poca tirada desdeñando las artimañas familiares para trabajar como funcionario.

Kamal sigue siendo la figura de esta novela con su terribles dudas, entre la tradición religiosa en la que vive inmerso, la ciencia y la filosofía que le guían en esas lecturas enfebrecidas del pensamiento europeo y occidental, su aportación en una columna sobre variados temas de pensamiento o divulgación científica en una revista el-Fikr -que leen pocos- será su único medio de mostrarse al mundo. Traba amistad con un literato copto Ryad Quldus de quien se hace amigo y sigue su vida de sempiterno soltero, yendo de vez en cuando al prostíbulo de Galila a emborracharse y encontrarse con una prostituta fija –no quiere dar que hablar o que se enteren en su círculo de profesores y alumnos-.

Ahmad el padre ve como mueren todos sus grandes amigos de la juventud y los echa de menos, todo parece tener menos sentido para él, se acuerda de su juventud, sus alegrías y fiestas con ellos. Él cada día se encuentra ya más viejo y cansado, últimamente ya no puede salir de casa. El corazón no  da más de sí, no puede con las escaleras, se fatiga…ahora es Amira quien sale libre de casa a las mezquitas para pedir por la salud de su marido –su señor-. Ab el Múnin se casa con su prima Naíma. Kamal recibe noticias de la familia de Aida a través de Ismail, su amigo de aquellos años de encuentro en el palacio de los Saddat. Están arruinados. El padre se ha suicidado y la madre vive en un barrio pobre. Aida sigue en Francia y tiene dos hijos ya. Del hermano Husein no sabe nada. Todo esto remueve los recuerdos en la vieja herida de Kamal, esa cicatriz aunque  cerrada sigue ahí con sus pliegues recordando ese sufrimiento incesante por el amor no correspondido. Empieza la Segunda Guerra Mundial y El Cairo por tener tropas inglesas sufre ataques de los italianos y alemanes. Después de un ataque de artillería que asola todo El Cairo, al volver a casa Ahmad se pone peor y muere en los brazos de Amira. Toda la familia está llorando en la sala de estar contigua. No hay rastros en sus hijos de resquemor por como los trató en vida, antes de que se emanciparan, es más Kamal y Ahmad son como amigos al final, sin reproches. Le hacen un gran funeral. La casa ahora queda solo con Amira y la sirvienta fiel que es como de la familia, Aisha la hija y Kamal. Aisha pierde a su hija durante el parto y no sobrevive la criatura. Ya no queda nada de la belleza de Aisha consumida, solo piel y esqueleto, completamente perdida, fumando sin parar nerviosa y sin estímulos vitales.

Kamal se encuentra con la hermana de Aida, la pequeña Budur, la sigue, se pasea por su balcón y se insinúa ante ella como un posible marido, pero no se atreve a dar ese paso, desaprovecha su momento sumido en las dudas acerca del matrimonio.  El que se vuelve a casar es su sobrino Ab el-Múnin con su prima Kadima, hija de Yasín y Zannuba –a pesar de los recelos de Jadiga a su cuñada Zanuba por su turbio pasado, poco acorde a la respetabilidad de los descendientes de Ahmad- y poco más tarde su otro hijo Ahmad,el  periodista se casa con su compañera de redacción –una socialista emancipada y  Jadiga no la acepta, se opone y no le servirá tampoco de nada, piensa que  al ser la novia hija de un humilde impresor fuera la hija de una criada más o menos -. Todos residirán en los pisos de la casa de Al-Sukkaryya. Allí acude la policía a realizar un registro y detiene a los dos hermanos Ab el-Múnin y Ahmad por atentar contra el estado con su octavillas, discursos, reuniones de amigos y simpatizantes, y a pesar de la intercesión del tío Kamal ante el comisario –íntimo amigo de Fahmi, el hermano mártir de Kamal atravesado por las balas inglesas- no logra su liberación y contento se tienen que dar ante el cariz que toma el asunto de escarmiento por parte gubernamental pues los envían a un campo de trabajos en el Sinaí.

Muere la madre Amina a penas al año y medio de la muerte de Ahmad. La familia se reúne, Kamal en su soledad, haciendo repaso de su vida, que quedará de su paso por la vida. Jadiga con dolor al ver a sus hijos tratados como delincuentes, después de que su hermano Fahmi diera su vida y Yasín aunque ahora es abuelo –Kadima da a luz- siente la muerte de su madre adoptiva con mucho respeto.

¡Maldita incertidumbre! Como si se tratase de una enfermedad crónica, la confusión embargaba sus sentidos, y todas las ideas que pasaban por su mente se volvían contradictorias, unas veces, y coordinadas, otras; siendo casi imposible adoptar una postura definitiva. Insistía una y otra vez sobre aquellas cuestiones metafísicas frente a las vivencias apacibles de la vida cotidiana. Contra viento y marea la confusión y la indecisión se abrían paso: ¿se casaría, o no? Era necesario atajar la situación y tomar una decisión firme. Pero él continuaba dándole vueltas y más vueltas a la cabeza hasta que se mareaba, perdía el equilibrio, el conocimiento y los sentidos. Luego, el torbellino se alejaba, pero nada había cambiado; el interrogante se mantenía sin respuesta mientras él continuaba preguntándose si se casaba o no. Unas veces, se sentía harto de ser libre, y le torturaba el sentimiento de soledad; mientras que otras veces se aburría acompañado por sombras vacías, y anhelaba una compañía íntima, gimiendo en su interior los instintos familiares y amorosos con un ansia por aflorar comparable a la angustia por la necesidad de aire que siente el que se está ahogando. A continuación se imaginaba ser un hombre casado que, de pronto, se ha visto curado de su introversión dejando que sus fantasmas se disipen. Si bien, en ese instante, quedaba absorto en la visión de los hijos, abstraído pensando en el modo de conseguirles el sustento y procurarles la educación; agolpándosele en la mente los problemas de la vida diaria. Entonces se inquietaba sobremanera y optaba por abstenerse y abandonar, por mucho que lo intimidaran la soledad y el sufrimiento. Pero no le satisfacía tal determinación, y no tardaba en volver al interrogante una y otra vez… ¿Dónde estaba, pues, la solución? Por otra parte, Budur era una joven excelente, de actitud irreprochable, pues nació y se crio en ese paraíso digno de ángeles, que antaño arrebatara su corazón. Era como una estrella fugaz, de excepcional hermosura, educación y finura. Además, no tenía un carácter rebelde, sino el de una esposa abnegada en todos los sentidos de la palabra, en el caso de que él se lo pidiera, ¡pues no tenía más que pedírselo!

[…] Se retiró al sofá y se sentó, entristecido, sin apartar la vista del rostro lívido y silencioso. Permaneció mirándola largo tiempo, pues sabía que poco después ya no podría hacerlo. Incluso la misma habitación cambiaría, cambiaría su peculiaridad, y cambiaría también el resto de las peculiaridades de toda la casa. Ya no se volvería a oír otro «¡mamá!». Él no había imaginado que su corazón pudiese soportar todo el dolor de su muerte. ¿Aún no se había habituado a la muerte? Sin duda alguna, mas la vida y la experiencia lo habían endurecido frente a las emociones. Sin embargo, el dolor agudo de la ausencia absoluta era intenso, y quizás, entre las cosas que se reprochara su corazón, se encontrara el hecho de que él, a pesar de que sufría profundamente, lo que en su corazón experimentaba era, en el fondo, indiferencia. ¡Cuánto lo amó ella, y cuánto los amó a todos! ¡Cuánto amó a todas las cosas del mundo! Sin embargo, ese carácter bondadoso no se tiene en cuenta más que a la hora de la muerte. En ese momento de fatalidad, se agolparon en su mente recuerdos de lugares, momentos, sucesos… que hacían estremecer su corazón. Mientras que su madre se debatía entre la luz y la oscuridad, confundiéndose en ella el azul del alba con el jardín de la azotea, el brasero de la tertulia del café con las lecturas de leyendas, el zureo de las palomas con los cantos dulces… «¡Ay, corazón ingrato…, ese era un maravilloso amor! ¡Quizás digas mañana, y con toda la razón, que la muerte te arrebató lo más querido! Y quizás tus ojos derramen lágrimas hasta que tus canas las enjuguen… Contemplar la vida como una tragedia no es más que una visión romántica e infantil, así que más te valdría adoptar una postura valiente, como ante un drama cuyo final feliz es la muerte. Después te preguntarás a ti mismo: “¿Cuándo se llevará el viento tu vida?” Tu madre morirá, pero no sin antes haber construido una obra completa. En cambio tú, ¿qué has construido tú?»

[…] Riyad se puso a juguetear con su alianza de casado, que llevaba en el dedo de la mano derecha, y asintió tristemente, diciendo:

—¡Sí! ¿Cuándo? Pero, a lo que ibas, ¿qué te ha dicho Ahmad en su celda?

—¡Ah, sí! Me dijo: «¡La vida es trabajo, matrimonio y deber para con la humanidad! Mas no es este el lugar ni el momento de hablar acerca de los deberes del individuo en relación a su profesión o a su cónyuge. En cuanto al deber hacia la humanidad, consiste en la revolución permanente, lo cual no significa otra cosa que el cumplimiento continuo de la voluntad de la vida, encarnada en su progreso hacia los ideales…».

Tras un instante de reflexión, Riyad acabó diciendo:

—Su punto de vista es noble, pero deja la puerta abierta a cualquier tipo de interpretación.

—Sí. Esa es precisamente la causa por la que su hermano Abd el-Múnim lo aprueba. Y también es la causa por la que yo lo considero como una llamada a la fe, sin entrar en distinciones de objetivos ni tendencias, y la causa, en fin, por la cual atribuyo mis pesares a los remordimientos de conciencia propios de un traidor. ¡Puede parecer fácil vivir inmerso en el propio egoísmo, pero, de ese modo, es difícil encontrar algún bienestar, si se es un hombre digno de ser así llamado!

A pesar de la tristeza del momento, el rostro de Riyad se iluminó, y dijo:

—¡He aquí el presagio de una gran transformación!

A lo que Kamal respondió desconfiado:

—¡No me tomes el pelo! Por lo que a mí respecta, el problema de la fe aún está sin resolver. ¡Y la única cosa en la que encuentro consuelo es el hecho de que el combate aún no ha terminado! ¡Ni terminará jamás, a no ser que sólo me quedaran tres días de vida…, como le sucede a mi madre!

Luego, tras suspirar, continuó diciendo:

—¿Sabes qué dijo también? Dijo: «Yo tengo fe en la vida y en los hombres. Así pues, me considero a mí mismo obligado a creer en sus ideales en tanto crea que están en lo cierto, pues ignorarlos sería huir como un cobarde. Mas, igualmente, me considero obligado a combatir esos mismos ideales, desde el momento en que creo que son una aspiración vana, pues ignorarlo sería traición. ¡Ese es el significado de la revolución permanente!».

CONCLUSIÓN

Cierra la trilogía esta novela “La azucarera” con las interacciones de la tercera generación, los nietos y los acontecimientos históricos vividos antes del preludio de la Segunda guerra Mundial y las crisis políticas sucesivas después de la independencia. Los británicos seguían en Egipto con sus tropas y no cedían el poder de su menguado imperialismo. Cambios bruscos de costumbres familiares, abandono de la férrea disciplina familiar, permisividad en las costumbres, emancipación incipiente de los jóvenes, tímida salida laboral de la mujer al entrar algunas en la universidad, relajación en la práctica religiosa, se asume como normal el consumo de alcohol y recurrir a la prostitución. Hay un abanico de partidos que a veces con caminos paralelos, se oponen: Hermanos musulmanes y comunistas/socialistas, extremistas en todo caso desde el prisma de Mahfuz, hombre progresista y abierto en cuanto a la religión, pero que no era comunista tampoco. Con el régimen de Nasser tendría problemas, puesto que después de la trilogía dejaría de escribir durante unos años. Utilizará a los personajes de Kamal y su sobrino Ahmad para mostrarnos su idea de fraternidad humana, de hermanamiento entre el pueblo por encima de religión y los intereses políticos.

Se hacen muchas referencias a la vida matrimonial, como mal necesario, como destino de los hombres y de las mujeres, la soltería que es mal vista, la mujer casada después de los estudios de primaria –no irá más a la escuela – siendo aún adolescente. Cuando se casa Kadima han de esperar a que cumpla la edad legal. Para el hombre hay toda la permisividad posible, parece un caso de pederastia, hoy en día sigue así. Niñas casadas con hombres mayores que pueden morir al primer parto. Sin estudios, solo de amas de casa, doblegadas…hay una pérdida de conocimiento que podrían aportar a la sociedad haciéndola más dinámica y menos injusta. El honor de la familia, preservado por la virginidad, hijos y más hijos para el nacionalismo ciego y ofuscador fomentado por los gobernantes, auténticos dictadores que buscan seguidores acérrimos y analfabetos. Hoy toda esa apertura de los años 30 que se llegó a dar en El Cairo ha quedado, después de las revueltas árabes eclipsada, da igual que mires a un lado o a otro, el régimen de Teherán (Irán) o el de Ankara (Turquía) vuelve el rigorismo nacionalista amparado en la supremacía de la religión y la expulsión de Darwin –Kamal hace en uno de los libros un escrito en un periódico  sobre el origen del hombre del mono, adoptando y explicando las teorías de Darwin;  los amigotes del padre se lo leen al padre Ahmad y éste sigue la broma, pero por sus adentros rabia hasta saltarle chispas por aquellos ojos azules penetrantes, aguanta como puede, ya le pedirá explicaciones del ridículo a Kamal-. Si nosotros en Occidente tenemos un capitalismo vigilante, allí en Oriente es el estado propio con su policía de la moral quien mira que sigan preceptos, reglas, prohibiciones y sometimiento.

Mahfuz en 1994 sufrió un atentado –le clavaron un cuchillo en el cuello que le dejaría secuelas en su brazo derecho paralizado, así como en la vista y en el oído- después de que se interpretara mal un libro suyo “Hijos de nuestro barrio” todavía vetado en su país y con la estela de la fatwa de Homeini contra el libro de lo “Versos satánicos” de Salman Rushdie en 1988. A partir de ese momento sus salidas fueron pocas con escolta oficial y muy esporádicas. Desde el hospital Mahfuz dijo: “He rezado para que este país se libre de este mal [el integrismo] por el bien del pueblo y en beneficio de la libertad y el Islam”.

Según Federico Arbós : Adscritas al “realismo naturalista”, constituyen cuadros detallados de la realidad egipcia que, partiendo del mundo encerrado en una calle o un barrio, despliegan ante nosotros una serie de personajes vivos, una acumulación de situaciones inevitables que desembocan casi siempre en la sordidez, la impotencia o la desesperanza. Coincidiendo quizá con la consolidación del régimen nasserista, la obra de Mahfuz experimenta un sutil giro: el planteamiento ideológico, hostil a las reformas de Gamal Abdel-Nasser, precede al análisis de la realidad. Una vez más, la contradicción de algunos grandes escritores: exponer con aguda clarividencia, con una eficacia literaria indudable, las lacras de un entramado social a cuya persistencia contribuyen, cuyo mantenimiento defienden en el fondo. Y en la forma. En el caso de Mahfuz, esta contradicción es fuente de un enriquecimiento y diversificación de sus experiencias expresivas. En novelas como Hijos de nuestro barrio (1959), El ladrón y los perros (1961), Veladas del Nilo (1966), Miramar (1967) o, más tarde, Amor bajo la lluvia (1973) y Karnak (1974), convergen viejas y nuevas técnicas narrativas. La introspección de personajes solitarios y vacilantes convive con los anteriores cuadros abigarrados, la novela rosa se viste con ropajes metafísicos, tramas policiales se convierten en fábula social, en novela negra a la egipcia… El predominio de las fórmulas de narrativa dialogada se hace cada vez más evidente, hasta llegar a piezas teatrales en un acto para la prensa. En definitiva, tras todo este material novelístico está el Naguib Mahfuz que, como diría César Vallejo, “luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos”, está El Cairo, hormiguero humano de innumerables recovecos, está Egipto entero y una gran parte de la historia árabe contemporánea. (Extracto de Federico Arbós: https://www.iemed.org/observatori/arees-danalisi/arxius-adjunts/afkar/afkar-11/38Arbos2_38Arbos2.pdf

MIRAMAR

Miramar (1967)

Esta novela ambientada en Alejandría -ya no es en El Cairo- nos presenta a una figura femenina -una joven campesina que se llama Zohra– que actúa como engarce de los otros protagonistas de la historia desarrollada en la pensión “Miramar” regentada por una viuda griega llamada Mariana. Zohra trabaja en la pensión como criada, pues al morir su padre la familia la quería casar con un anciano, ella se niega y huye. Mariana la acoge y le da trabajo, la necesita y le unía una gran amistad con el padre difunto de la chica. Zohra es bellísima, la dueña Mariana le da vestidos acordes con el nuevo entorno. Alejandría es una ciudad marítima, un centro de vacaciones abierto a un clima y un mar Mediterráneo que le han dado esos vestigios de tantas civilizaciones y arribada por viajeros de todas las partes con su marchamo cosmopolita. Verdor y mar azul. Aquí llega a la pensión un viejo periodista de ochenta años, solitario y sin familia viene a morir en paz. Es Amer Wahdi, anciano que conoce la casa y a la viuda desde hace tiempo y que solicita una habitación. Otro huésped ilustre es el terrateniente sexagenario Tolba -desposeído de sus tierras por la revolución de Nasser- que viene a la pensión para tomar una habitación, también conoce a la dueña y él como ella han conocido tiempos de esplendor, como un bey turco, un auténtico magnate. Amer y Tolba charlan y pasean pero evitando en todo momento un encontronazo político, son radicalmente opuestos. Amer combatiente y descreído con el poder y Tolba un monárquico irredento.

Van llegando Hosni Allan, un joven playboy terrateniente -al que la revolución deslocaliza- en busca de un negocio próspero y de ganancia fácil para un hombre como él sin estudios. Mansur Bahi, locutor de radio que huye de sí mismo y de su falta de energía y valentía por no haberse escapado de estar encarcelado como su compañeros de oposición política.

Sarhan al-Behari,será el último en llegar es un funcionario de bajo rango, contable en una fábrica de Hilaturas, calculador, desaprensivo y siendo adicto al régimen quiere hacer un buen negocio para ganar dinero aunque sea ilícitamente.

Zohra es analfabeta y poco instruida, pero es fuerte y quiere estudiar, aprender lo necesario para no tener que regresar a la aldea, donde se siente prisionera. Ha aguantado los rigores del campo y es diligente con las tareas, es lista y humilde, pero no se resigna a ser una persona humillada y sumisa. La ciudad le puede ofrecer un oficio y un porvenir por encima incluso de un matrimonio apañado al que estaría predestinada. Salvo el viejo Amer, todos intentan abusar de ella o seducirla. El viejo la adopta como si fuera una nieta y la colma de consejos para que la vida no la atropelle. De todos los personajes es la única que mira al futuro, lo enfrenta y aunque no sepamos a dónde irá o qué hará en la parte final, sabemos que con su fortaleza podrá con todo.

La revolución ha trastocado los planes de los hombres de la pensión, para unos ha sido una ruina auténtica al desposeerles de la tierra y repartirla, para otros una oportunidad de negocio. Amer, Tora y Mariana representan el pasado desvanecido y fracasado y los jóvenes están sin brújula en estos nuevos tiempos de la revolución nasserista, tienden a la corrupción como en los tiempos pasados a los que se aferran en sus mismas mañas y maneras. Engullidos por la revolución no encuentran nuevos horizontes en su realización Una nueva corrupción suplanta a la antigua: dinero fácil y poder con la lujuria y la crueldad hacia la mujer en su núcleo. Los tres hombres Hosni, Sarhan y Mansur son decididamente personajes deleznables, el primero acaudalado terrateniente que no respeta a la mujer y que la revolución sorprende sin aptitudes para sacar provecho de ella sino es por el provecho mercantil de los cuerpos de las mujeres, otro Sarhan que quiere aprovecharse valiéndose de su posición en el partido de manera ilegal intentando dar un golpe a la empresa y Mansur joven atormentado enamorado de una mujer casada que hace infeliz a quien se le acerca. Son hombres frustrados y sin recorrido.

La novela está dividida en capítulos con el punto de vista de cada personaje, narrando cada uno su estancia con los demás y los hechos acaecidos desde su punto de vista, así como se ven unos a otros.

Las reflexiones del viejo Amer sobre los tiempos pasados: partidos, luchas por la independencia, luchas por el poder y las ataduras: vicios pasados de corrupción que frenan el despegue de los tiempos actuales y su nostalgia por lo que vivió y llegó a ser, así como ese clima otoñal con el tiempo de lluvia pertiza y viento juegan un papel importante desde el refugio de la pensión “Miramar” que juega su papel importante. Sólo queda Zohra, tímida y fuerte a la vez frente al futuro por escribir.

PRÓLOGO de Isabel Hervás Jávega : https://es.calameo.com/read/0008164961ce35259a3ec

“Los días pasaban, elevando a unos y haciendo caer a otros. Nuestro rincón de Qúshtumar seguía lleno de nuestra presencia, no habíamos prescindido de él más que un corto período, cuando el dueño del café decidió renovarlo […]. Como de costumbre, no faltábamos a nuestra tertulia bajo la protección de una amistad inamovible, y probablemente lo que nos ayudó a ello fue nuestra permanencia en Alabasía. Aunque los vuelcos del destino habían transformado el barrio, nadie más que Hamada se había mudado, y a éste su coche nos lo traía cada tarde, ya que se negaba a cambiarnos por otra gente. El Alabasía de los primeros tiempos había ido desapareciendo en sucesivos escalones de la historia, con su silencio, su verdor, sus palacetes y su tranvía blanco. Los edificios se generalizaron, las tiendas se establecieron a ambos lados, el barrio se inundó de habitantes y las calles se desbordaron de niños y coches privados y públicos […]. Nos rendimos a la evidencia, el paso del tiempo nos había vencido, así que nos desprendimos de muchos de los residuos del pasado.”

Fragmento de “El café de Qúshtumar” (Destino, 2002).

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