JOSÉ AVELLO (1943-2015)

Escritor asturiano que nació en Cangas del Narcea en 1943 y murió en Madrid en 2015.

Jose Avello en 2001 Gorka Lejarcegi
Foto de Gorka Lejarcegi

JUGADORES DE BILLAR (2001) ES LA NOVELA DE UNA GENERACION, LA DE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA.

José Avello sitúa la acción de su novela en torno a la década de los años 90 del siglo pasado. Se sirve de cuatro personajes principales -que ya están en la cuarentena- y que se reúnen en torno a una mesa de billar en el reservado de un bar de Oviedo que se llama café Mercurio. Los cuatro son amigos  desde la niñez, han jugado juntos en fiestas, vacaciones, cumpleaños y han compartido el estudio y los recreos en un mismo colegio privado católico. El ambiente escogido -en este caso la ciudad de Oviedo- otorga al escritor un acotamiento  para esbozar con un buen trazo  cómo es esa clase media, que moralmente siempre suele ser bastante mezquina e hipócrita y de pocas virtudes, y un sólido análisis social profundo de ésta. Los amigos, ahora ya han pasado la mitad de sus vidas, y encima con un triste balance negativo, sin posibles atenuantes, pues disponían de recursos y han dilapidado ese caudal, se han instalado en un cómodo conformismo y han quemado inútilmente sus años de juventud con algunas vilezas y perversas venganzas y traiciones -remordimientos incluidos- y por si fuera poco, sin aspiraciones y metas alcanzables de lucha o de cambio por un futuro mejor. Se han acomodado y no han buscado ni perseguido un sueño,  a menudo toman drogas y beben demasiado. Han caído en la resignación y la mediocridad. Son en muchos casos parásitos o zánganos, que viven de las rentas o del patrimonio de los padres. Se llegan a traicionar y hasta son rencorosos entre ellos, pero siempre acuden por inercia a ese billar sin siquiera llamarse, no hace falta, lo hacen de una forma autómata,  amparados en silencios mutuos, miradas furtivas y sobreentendidas y las carambolas de la vida.

Hay dos familias patricias muy ricas, los de Almar (con abolengo de antiguo proveniente de los condes de Vegallana) y los Atienza propietarios de una antigua  fábrica de loza que está en declive y próxima a la ruina, también son  dueños de una mansión y extensas tierras aledañas con un hayedo y una acequia que las atraviesa. El pasado se hace presente en la novela y entra en la urdimbre de la trama, para explicarnos de manera escalofriante de qué manera en pleno comienzo de la Guerra Civil consiguen ambas familias -a través del robo y del asesinato de unos indianos-  afianzar su poder y acrecentar su riqueza. El suceso violento, cruel  y sanguinario – legalizado tras la victoria del bando nacional al que pertenecían- sobrevolará en el  transcurso de la narración para interactuar y emerger de lleno en ésta, ligado a una operación corrupta de una empresa de ingeniería – Oficina de Proyectos – que esconde lo que desea desde el inicio: una simple especulación de terrenos propiedad de los Atienza; y así, en este nuevo escenario aparece la siguiente hornada de los  nuevos ricos sin escrúpulos como el aspirante recién enviado – gerente de la Oficina de Proyectos- Borja Molina, un perfecto snob ambicioso y  sin alma con un interior  de frío y calculador escualo,  que trabaja para García Baltasar el gran potentado del país -quien ha llegado a la cima por su falta de escrúpulos- y se harán socios del perenne clan de los de Almar  -dominan la ciudad y además todavía vive el rico Ignacio de Almar, el plutócrata  y asesino socio del tío Álvaro Atienza, con corazón de almidón como  el cuello de la camisa y su coraza burguesa de melómano- quienes llevarán a cabo el teorema lampedusiano: <<Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie>>. Manuel Arbeyo el arribista vengativo de orígenes humildes -no asume que su mujer se marche con Molina- intentará chantajearles y morirá por ello, será otro asesinato sin esclarecer como el de Carlos Omaña el indiano y su hija María Guadalupe.

Los cuatro amigos, no obstante, se ven y mantienen su  amistad, y así se refleja viva en intensamente en la novela, ya que por encima del rencor y de las traiciones existen esos momentos vividos  y su reunión en torno al billar, que les aglutina con la geometría del azar,  las bolas jugadas y las carambolas imposibles, los silencios y las conversaciones y por supuesto,  la memoria de los hechos sucedidos – la muerte del arribista y chantajista Arveyo, amigo de la universidad, pronto olvidada  en la ciudad-  y  las vicisitudes y maltratos de la vida entre amores y desamores. Verónica Galindo es el nexo poético, el jorobado Atienza la hará su musa – como la Beatriz platónica de Dante-  se convertirá en su asidero vital y también encontrará en ella un amor desquiciado y sin futuro el torturado  protagonista, quien nunca quiere hablar de sí mismo, que es el cuarto jugador presente en la novela. Éste es ese narrador guadianesco, que unas veces es omnisciente, otras escucha, otras intuye y también que no oculta su procedencia de clase media en su relación con un estamento inaccesible como los de Almar, que se lo recuerdan, y que aquí quiere  tan sólo comprender los hechos buscando una expiación posible de culpa.

Personajes femeninos que aparecen en un segundo plano y que engarzan el grupo son Mari la Gorda -siempre amable y acogedora-, Adelina Valle -amor fosilizado de Floro, la pobre bibliotecaria miope, sometida y violada por el tío Álvaro y Carmen la mujer de Arbeyo que no ha encontrado su sitio, siempre hostigada, apresada por un manipulador como Manuel Arbeyo y  su forma de ver la vida y  por  otro lado su propia ambición desmedida y larvada dentro de ella misma. Otro personaje es Vicente el sablista, camello del grupo, variopinto personaje, que sabe de sus vicios y miserias,  hace con ellos negocios o <<recados>> con dinero de por medio. <<Tender puentes, establecer contactos, tocar allí y acá, hacer que se entienda la gente que debe entenderse, algo importante, con futuro>>.

 

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Henry Holiday: “Dante y Beatrice” 1884 – Walker Art Gallery, Liverpool

PRIMAVERA. ESPEJOS Y CRISTALES

1. El mejor amigo de Álvaro Atienza siempre fue Floro Santerbás, pero ninguno de los dos sabía por qué. En realidad nunca se lo preguntaron. Su amistad era una costumbre adquirida en la infancia y la seguían manteniendo por las mismas razones que uno se pone unos zapatos durante mucho tiempo: por comodidad. Naturalmente, tras la comodidad se escondía el apego afectivo y el bienestar emocional propios de la amistad, pero en general uno no se pregunta esa cosas cada vez que se pone los zapatos. Además, los dos jugaban muy bien al billar. Jugaban con viejos amigos del colegio, como Rodrigo de Almar, o de la universidad como Manolo Arbeyo, y además con otros que se fueron  sumando al juego y a la amistad a lo largo de los años, pero la partida estelar en el café Mercurio siempre fue entre Álvaro Atienza y Floro Santerbás. […] Yo solía ir todos los días, pero de mí prefiero no hablar.[…] Al frecuentarse de nuevo, preferían creer que el tiempo no había pasado realmente, sino que se había quemado y se había convertido en humo por el que apenas podía penetrar la memoria, porque la memoria prefería caminar a saltos, dejando en medio largos paréntesis de olvido, lagunas que ninguno de ellos mencionaba y que, en otros tiempos menos convulsos que los nuestros, hubiera conferido por sí solas el sentido de una vida. Sin embargo, así eran las cosas: hablaban de trivialidades, bebían cerveza, fumaban algunos canutos y jugaban al billar mejor que antes. […] Álvaro Atienza y su joroba, una colina roma y dolorida donde se albergaba su identidad, el lugar donde reposaban su razón y su voluntad, el habitáculo de su memoria, el hogar de un yo con el que había aprendido a convivir tras muchos años de enemistad.[…] La mirada transfiguradora de la muchacha que notó por un momento una mano acariciando su alma, como si él tuviese alma, aquellos ojos de miel en el que refulgían unas chispitas verdes y que le sonrió.[…]Se escondió en un retrete y se echó a llorar.

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2. El café Mercurio era un viejo cafetón de mesas de mármol que pasó milagrosamente los devastadores años sesenta sin plastificarse en cafetería americana (por ejemplo, bajo el atractivo nombre de Mercury). Después logró mantenerse en su decrepitud gracias al amable carácter de sus dos socios propietarios, cuñados entre sí, cuya feroz inquina mutua paralizaba cualquier iniciativa de reforma e incluso la simple y clamorosa necesidad de darle una mano de pintura.

Rodrigo no solía emitir juicios acerca del comportamiento de nadie. Desde que había regresado a la ciudad se había vuelto muy reservado y parco de gestos como las personas habituadas a vivir en la clandestinidad. De hecho casi se podría decir que vivía de forma clandestina, recluido en su estudio, del que solo salía para dar sus clases de dibujo en la Escuela de Artes y pasarse por el Mercurio a jugar al billar, dos o tres días a la semana. Por lo demás, el resto de su tiempo era un misterio hasta paras sus dos más íntimos amigos, quienes respetaban lo que se supone que es la turbulenta y secreta vida de un homosexual en una ciudad pequeña.[…]Era un hombre realmente muy guapo, de complexión atlética, ojos negros, piel oscura y pelo ondulado, tal y como se suele describir a los latin lovers. Pese a haberse maltratado a sí mismo concienzudamente con todo tipo de excesos, no aparentaba en absoluto la edad que tenía; en él los vicios obtenían la recompensa de la buena salud.

La-Perla.

Tras un fallo clamoroso, Floro Santerbás se incorporó bufando y exclamó:

-¡Esto no puede seguir así, no doy una!

Se dirigió con paso vivo hacia la puerta de cristal esmerilado que comunicaba con el café y gritó:

-¡Alfonso!; ¡una de tortilla de patata con anchoas y dos birras!

Floro era grande y carnoso, le sudaban las manos.[…]Sus hombros descendían casi en línea recta desde la gruesa curva del cuello y le alargaban los brazos como un simio, uno tenía de estar en presencia de alguien sumamente fuerte y torpe, en el colegio había sido cruelmente conocido como el Quintal.[…] Floro Santerbás tenía un carácter poco amigo de las disputas consigo mismo, o de los retos y competiciones con la conciencia; tras pequeñas batallas contra la voluntad para levantarse temprano o adoptar un régimen sensato de comidas, siempre terminaba claudicando y asumiendo con resignada y alegre tolerancia su naturaleza pecadora: se acostaba al alba, se levantaba después del mediodía y comía y bebía con la delectación de un clérigo; a veces sentía remordimientos por ser tan inmensamente feliz, pero en cuanto se metía algo en el cuerpo, como aquellas anchoas embadurnadas de aceite que adornaban la tortilla, se le inundaba el ánimo de alegría y le daban ganas de cantar.

[…] Había construido ante su madre, ante su tía y ante sí mismo, lo cual era mucho peor, una reputación de escritor que se legitimaba en el hecho de acudir diariamente a la biblioteca y en que la lámpara de su cuarto solía permanecer encendida hasta el amanecer. Esa reputación le permitía un estilo de vida cómodo, justificado frente a sí mismo.

[…] -Florín, cielo, ya son las doce, anda, despierta. Tienes los bollos suizos sobre la mesa del gabinete y todavía están envueltos en el papel de la confitería, porque tía Margarita hoy tenía prisa para ir al mercado. El café está en el termo, en la cocina. ¿Me oyes?

-Sí, mamá.

[…] En el reservado del café Mercurio se hablaba sobre todo de filosofía, de arte, de religión, incluso de política, pero esos asuntos vergonzantes sólo aparecían  a través del lenguaje del billar, lo mismo que el carácter de cada uno aparecía en un estilo de juego.

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Natalia Sobrino: Oviedo – calle Mon

[…] Cuando Manolo Arbeyo entró en el reservado. Floro tiró y pifió. Como se acaba de demostrar Manolo Arbeyo era un gafe.[…] Floro Santerbás siempre fue un borracho bienaventurado: trasegaba sin olvidarse de pagar, contaba intimidades sin faltar al pudor y escuchar las ajenas con la debida atención, pero sin recordarlas nunca más; expresaba la alegría sin avasallar, era afectuoso sin ser besucón y, además, cantaba muy bien. Todos los borrachos del entorno se lo disputaban como colega de francachela y, al amanecer, se sentía triste y abatido como los demás. […] se sentó en el escritorio para cumplir con el rito culpable de la escritura que, en teoría, justificaba su vida.[…] Tras el último texto, que no se molestó en releer, garabateó sin discontinuidad: casi siempre pían los pájaros cuando llega a casa a estas horas.

[…] Manolo Arbeyo había mantenido durante años una columna en el periódico que en su momento gozó de gran prestigio en influencia en la ciudad. Arbeyo, guisante en bable. […] Todo el talento de Arbeyo consistía en elegir con cuidado a las personas citadas y agredir o ensalzar sólo a las convenientes[…] Álvaro Atienza no le dirigía la palabra desde hacía años. […] En todo caso, los ofensores jamás perdonan a sus víctimas y Manolo Arbeyo encontraba una perversa gratificación en el estercolero moral que la presencia de Atienza removía.

[…] Atienza sabía que detrás del espejo no había conejos blancos, sino sólo azogue de mejor o peor calidad y que lo que había delante nunca podía ser visto en su integridad.[…] Se acostumbró, más que a pensar, a discutir[…] Álvaro Atienza no era un hombre muy querido. Sin embargo, no se quejaba por ello;  antes al contrario, el desamor constituía la expectativa habitual de su vida en el trato con los demás, lo sabía y no esperaba otra cosa: ¿por qué alguien habría de quererle? Se sentía orgulloso de su frialdad emocional y de la inquina que despertaba; se sentía fuerte

[…] Le había tratado con ternura y cuidado, quizás con amor: Álvaro Atienza se sintió expuesto y vulnerable. ¿Eran esos los <<peligros cercanos>>? La risa, la ternura, el aire puro y ligero. […] A esa mecánica del deseo Álvaro Atienza la denominaba estúpidamente <<lógica estratégica>>, al menos mientras estuvo en la disposición mental de pensar en lo que estaba haciendo, porque después más bien respondía a la lógica de los magos, cuando atribuyen a ciertos objetos y a ciertos seres deseados un inmanente poder mágico al que los hechizados por el deseo no pueden oponerse ni resistirse. Así parece ocurrirles  a quienes aman en contra de su voluntad y a quienes confunden el amor con la posesión y caen en el tormento de los avaros: quedar aprisionados por el áspero tacto y el inútil fulgor de sus monedas, míseros entre riquezas.

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[…] Cuando salió, la reconoció inmediatamente, aunque apenas era una silueta entre otras: llevaba puesta una gabardina blanca, ceñida con un cinturón, medias negras y botines acordonados. En la mente de Álvaro su rostro era perceptible como si la tuviera a dos metros. Reconoció el suave óvalo de la cara enmarcando los pómulos altos y, sobre ellos, el amplio rasgo de sus grandes ojos del color de la miel, poblados de chispitas verdes. Se puso el casco, cogió la moto y comenzó a seguirla desde una distancia prudencial. Entonces se sentía poseído por una alegre maldad.

[…] Tendido sobre la cama, Álvaro recordaba a su madre siempre asociada con la lluvia: cristales mojados, luces grises, penumbras al mediodía que sin embargo no se quieren reconocer encendiendo un lámpara. Ella llegaba deslizándose, sin hacer ruido, y pronunciaba frases indecisas con extrema cortesía, aunque el interlocutor fuese un niño de diez años apesadumbrado por la columna vertebral torcida. […] Querer debe de ser un vínculo, quizás una deuda imposible de pagar. Cuando ella le hablaba cariñosamente, el pequeño Alvarito tenía la sensación de que le estaba tratando de usted. Cuando murió […] no recordaba haber sentido nada, como tampoco recordaba haber recibido de ella una mirada especial, ese algo distinto en que, se supone, se diferencian las madres del resto de las mujeres. En realidad, ¿qué es una mirada?; poca cosa; pero no debe haber lluvia, ni los ojos debes estar escondidos tras una niebla gris, ni las manos deben sujetarse una  a la otra para no volar como palomas asustadas, ni las palabras corteses deben cruzarse en la vía como las barreras que impiden pasar el tren del alma. Sólo una mirada parece mentira.

[…] En el  Chipi  Chape había un ruido infernal que se había incrementado a medida que se llenaba con más gente, porque a esa hora, a partir de las tres, del Chipi nunca se marchaba nadie.[…] Las noches del Chipi eran así. Uno tenía la impresión de que pasaban muchas cosas, pero lo único que hacía la gente era hablar.

[…] Floro recordaba la primera vez que una camioneta de los Atienza se había detenido delante de la tienda Las Novedades y un par de mozos subieron a su casa dos grandes cestos rebosantes de fruta […] Su madre no cabía en sí de satisfacción, no tanto por la fruta, pues daría un trabajo infernal convertirla en mermelada e impedir que se pudriese, sino porque aquella camioneta había pasado también por la casa de los Almar, del gobernador civil y del militar, de …Rosita, la de Las Novedades. Durante varios días no dejaba de enumerar ante su clientela los nombres de las grandes familias de la ciudad. Y cada año, en las mimas fechas, recibían las dádivas frutales y la casa entera se impregnaba de un perfume que tenía el inverosímil efecto de elevarles de clase social. […] Floro deseaba volver al tema de Adelina, pero Teresa no paraba de hablarle de personas que él hacía tiempo que no veía o que sólo conocía de refilón. Teresa las mencionaba como si todos fuesen amigos íntimos de ambos, con ese especial desparpajo, propio de una clase social elevada, que consiste en dar por supuestas cosas que en absoluto lo son, como, por ejemplo, la disparatada conjetura de que Floro frecuentara  a la misma gente que ella.

Según aseguraba con cierta solemnidad don Melquiades, el padre no ejerciente de Alvarito, durante los años del hambre y el racionamiento la explotación agrícola había producido más beneficios que la fábrica. También había servido de tapadera para un próspero negocio de estraperlo de harinas y piensos que el tío Álvaro, héroe de guerra y camisa vieja, había llevado sin ningún sigilo, aunque sobre esto no se hablaba ni una palabra.

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VERANO: EL LADO OSCURO DE LA CALLE

[…] Eso era el verano, un espacio blanco y llano para las ausencias, una intensa habitación de los cuerpos para cerrarse sobre sí mismos, una antihistoria. Sin embargo, a partir de noviembre, cuando Manolo Arbeyo fue asesinado, muchos comenzamos a recontruir ese verano, no sólo yo, ahora, aquí, sino también muchos otros. Algunos queríamos saber y comprender, pero otros, posiblemente con una energía mayor, deseaban olvidar, o recordar lo que nunca ocurrió en el pasado, quizás construirlo. […] fue entonces cuando yo mismo comencé de forma consciente esta reconstrucción que ahora escribo, una tarea probablemente innecesaria e inútil, una tarea sin una meta clara, salvo la de encontrar un cierto hilo que dé sentido a la multitud de hechos dispersos, que los seleccione de forma mínimamente comprensible, quizás porque el sentido actúa en nuestras vidas como un consuelo para lo inevitable, o como una coartada ante la inverosimilitud en que solemos movernos, o como un simple instinto de supervivencia, no sé de dónde viene esta compulsión a saber lo que casi siempre es imposible saber.

[…] <<Tu tío Álvaro era un hombre echado para adelante, de los que nunca titubean, justo al revés que yo, que me pasé media vida sin saber qué hacer, inclinándome hacia donde me empujaban las circunstancias.[…] Tu tío era de los que empujaban y yo siempre cedía.[…] En realidad fue él quien nos casó a tu madre y a mí, casi sin que nos diésemos cuenta. Le pareció bien y de repente un día ya eramos novios.[…] El mismo 18 de julio, cuando aún no se sabía nada en Oviedo de qué lado se inclinaría el coronel Aranda y con él toda la guarnición, tu tío se puso la camisa azul y los correajes con la pistola al cinto y se lanzó a la calle con unos pocos más a movilizar a toda la derecha, yendo de casa en casa y entrando en los cuarteles para amotinar a los soldados.[…] En los tres meses y pico que duró el cerco de Oviedo jamás se quitó el uniforme de falangista ni las insignias, aunque sabía que si le hacían prisionero sería fusilado de inmediato. Pero le salió bien. A los veintiún años ya le habían otorgado el grado de capitán y era reconocido como una persona intocable y con mucho poder, cuando esa palabra tenía un significado real, pues era poder sobre la vida y la muerte de muchos, poder sobre la gente, sobre sus bienes y su destino, no como pasa ahora que le llaman poder a la simple influencia>>.

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Clark Gable – Getty images

10. <<Tu tío Álvaro econtró por casualidad a don Carlos Omaña y a su hija en noviembre de 1936, unos días después de que las tropas de Galicia rompiesen el cerco de la ciudad.[…] Álvaro los vio en la cola, pero no se acerca a saludarlos, aunque tampoco los evitó. Llevaba el uniforme de falangista, con botas de media caña, correaje y pistola. Fue don Carlos quien se dirigió a él y le estrechó la mano con efusión y esperanza.[…] Don Carlos Omaña no evaluaba correctamente la dimensión del conflicto en le había colocado el azar. Llevaba tantos años ausente del país que apenas lograba entender lo que estaba pasando. Había una guerra, sí, lo sabía, un conflicto terrible, pero creía que aún seguían existiendo las gentes de bien, las gentes de principios, el honor, el respeto por el buen nombre.[…] Ya te comenté que tu tío era un hombre muy impulsivo, muy valiente, incluso temerario, como él mismo decía, ni la propia María Santísima le obligaría a dar un paso atrás, sin embargo, también era calculador, pensaba con rapidez y no demoraba nunca las decisiones.[…] Escondía una voluntad de hierro y una enorme frialdad. Los tres meses de guerra lo había insensibilizado por completo. […] con los Omaña fue implacable y actuó con una astucia que parecía imposible en un joven de su edad.

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Se estaba haciendo de noche. Álvaro Atienza ya apenas podía distinguir la mancha oscura del hayedo a través de las puertas entornadas del balcón. […] Así que era eso -pensó-, robo y asesinato. Su padre continuaba desgranando con pormenorizada contumacia la lista de las propiedades arrebatadas a los Omaña. […] Don Melquiades relataba relataba aquellos crímenes horrendos como un mero espectador, como si los hubiera leído en el periódico. […] Hasta su padre se aferraba aún a una historia de amor para sobrevivir, porque para sobrevivir eran capaces de cualquier cosa, mentir, mentirse. También su hermana, ella también. Una historia de amor a cualquier precio, una historia de amor para poder matar, robar, mentir.[…] Engañar a otro, pero no engañarse a uno mismo. Él no lo haría. […] Su tío Álvaro jamás había tenido una historia de amor. Volvió a pensar en la frase de Nietzsche: <<Una alegre maldad>>.

Al fondo de la barra Dionisio exhibía su inimitable sonrisa de cadáver, una sonrisa estratégicamente situada entre el lustroso nudo de la corbata y el peinado a raya del colegial, un peinado tan impecable e inmóvil que parecía un tatuaje. Estaba situado entre la máquina del tabaco y la tragaperras, como emparedado para no caerse, con la mirada clavada en la pequeña copa de orujo que había en el mostrador. […] Floro llegó a su altura e hizo un gesto para que se la llenaran. En cuanto el orujo le pasó por la garganta, la sonrisa volvió a instalársele en el rostro como el mecanismo  de una máquina. […] Floro lo percibió de repente con la refulgente clarividencia que le embargaba. Dionisio estaba muerto. Alguien le había atornillado la sonrisa a la cara y él la llevaba puesta como esos muñecos de madera que llevan el menú del restaurante clavado en el pecho. […] Y Floro sintió miedo. […] Una vez en la calle caminó hasta perder el resuello y se vio obligado a recostarse contra una pared. No reconoció el lugar[…] perdido en su propia ciudad, perdido en su propia vida, perdido. Oyó el castañeteo de sus propios dientes aún antes de darse cuenta de que estaba temblando. Y comenzó a llorar. […] Dejó que el desconsuelo llegase hasta el fondo de su corazón. Y cuando llegó se acordó de Adelina Valle. <<No puedo hacerle esto -dijo. No fue un pensamiento, lo dijo en voz alta. Y repitió -:No>>.

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13. En el mes de agosto, por pura casualidad, conocía a Verónica Galindo en Madrid. Quiero decir que la vi, que hablamos, que estuvimos juntos los dos solo, pues de hecho ya nos conocíamos de Oviedo.[…] Era obvio que se alegraba de verme, no sé por qué, ya he dicho que apenas nos conocíamos, pero se comportó desde el principio como si fuésemos dos viejos amigos a quienes el azar ha reunido después de mucho tiempo en un país lejano, extraño para ambos. […] Estuvimos hablando  así durante horas, sentados en una mesa […] creía que, en efecto, éramos un grupo, lo cual constituía un error, y además nos consideraba un grupo homogéneo, una especie de clan o  de pandilla consolidada por la amistad […] un <<nosotros>> del que ella esperaba formar parte en breve pese a las diferencias de edad, lo cual no sólo era un error sino también un disparate. […] No supe cómo explicarle que entre nosotros no se estilaba ese tipo de cosas. Si nos veíamos con frecuencia se debía a que  la ciudad era pequeña y solíamos acudir a los mismos sitios, a ciertos bares, a ciertas exposiciones y conciertos, al billar del Mercurio, lugares y actos que no requerían cita previa. No nos llamábamos por teléfono a no ser para cuestiones muy concretas, nunca para conversar[…] No nos guardábamos ausencias y no nos escribíamos cartas unos a otros […] ya no teníamos nada que decirnos o nada con que engañarnos,  quizás ya nos avergonzaban nuestros propios proyectos y tendíamos a mantenerlos en secreto para continuar creyendo en ellos, como si en el fondo supiésemos que no eran más que ilusiones y que no convenía comunicárselas a nadie para no destruirlas […] no podíamos dilapidar las ilusiones ofreciéndoles públicamente a la ironía y al frío contraste de una conversación, pues durante mucho tiempo la seguiríamos necesitando aún como consuelo en la intimidad de la almohada. Para que esa intimidad no fuese tan desoladora.

No puedo decir que Verónica Galindo me pareciera entonces una mujer bellísima, no te llamaba la atención cuando la veías por primera vez. Sin embargo, emanaba de ella algo especial, difícil de precisar. No se trataba de una cualidad que te atrajese cuando la veías, sino algo más sutil, que empezabas a descubrir una vez ella se había ido, como si sólo se hiciese perceptible con su ausencia y, en cuanto ella no estaba, empezabas a echarla de menos. […] Se lo he oído decir a muchos amigos nacidos en la costa respecto al sonido de las olas del mar, incluso mucho tiempo después de haberse trasladado a vivir al interior, siguen añorando ese suave ruido de vaivén, esa señal que vela mientras duermen, siempre la sienten como una pérdida.[…] No sé muy bien en qué consistía […] quizás emanaba confianza, sosiego, cosas que no se notan hasta que ya no están, cosas que dejan huella. Un perfume tranquilo. Después, cuando llegué  a saber lo que estaba ocurriendo, me admiró que Álvaro Atienza hubiera sido capaz de percibir ese perfume sólo en una mirada. Una mirada a través del cristal. Y ya no pude prescindir de ella.

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14. En el oeste de Irlanda hay unos acantilados que te cortan la respiración. A gran altura sobre el mar, la pradera va descendiendo de forma suave y ondulada, como invitándote amablemente a dejarte ir.[…] Se trata de los famosos Cliffs of Moher, frente a la isla de Aran.[…] Fue el sitio que Manolo y Carmina Arbeyo eligieron para desencadenar un drama doméstico que habría de tener insospechadas consecuencias.[…] Arbeyo propuso acampar allí mismo sobre la densa y mullida hierba de los acantilados, frente al mar. Eligió un lugar apartado de los trayectos habituales de los turistas y comenzó a desplegar la tienda. […] El cielo estaba encapotado y corría una brisa húmeda y fría que dificultaba la manipulación de las lonas.[…] Arbeyo aseguró con firmeza que no llovería, casi lo prometió. Se desencadenó una fuerte discusión acerca de la lluvia.[…] Arbeyo no cedió.[…]a los otros se les hizo consciente que el verdadero tema de la discusión era otro, aunque no lograban saber cuál, y la irritación iba en aumento quizás por eso mismo […] Lo que menos te importa a ti es si va a llover o no, lo único que tú quieres es estar cerca de una cabina de teléfono.[…] Oían la tormenta y, entre las ráfagas de viento, también oían los gritos e insultos provenientes de la tienda contigua. lo que incrementaba su sensación de pérdida y catástrofe.

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La hija de Ryan – David Lean

[…] Carmina y Manolo Arbeyo, sentados en el suelo frente a frente, dibujaban airadas sombras chinescas con sus brazos. Era una disputa de viejos conocidos y por lo tanto cruel, plena de sagacidad para causar graves heridas. […] Quizás más adelante comencé a comprender a Arbeyo un poco mejor, después de su muerte, cuando vi a su familia en el aparcamiento del cementerio bajo la lluvia, en medio de la desolación. No sabíamos nada acerca de aquel de su origen campesino, ni del esfuerzo que aquellos aldeanos habrían tenido que hacer para enviarle al internado y después a la universidad, Arbeyo siempre había mantenido oculto ese aspecto de su vida.[…] Aún no sabíamos que había sido asesinado, pero contemplando a aquellos aldeanos creí comprender un poco al Manolo Arbeyo que yo había conocido, su cerrado marxismo durante los años de universidad, su arribismo político  posterior, y también su enriquecimiento, sus pisos, sus cuentas a plazo fijo, su proverbial tacañeria. Su miedo esencial por carecer de alguien que le cubriera las espaldas ante el posible fracaso, un miedo heredado que había llegado hasta él desde las generaciones.

[…] Borja Molina tenía el pelo fino y sedoso, peinado con raya a un lado como un colegial. […] Hablaba pausadamente. No evidenciaba nerviosismo cuando se producía un silencio y cedía la palabra de inmediato a su interlocutor, como pidiendo disculpas por hablar demasiado. Tampoco conducía la conversación hacia un desenlace premeditado, más bien parecía saber desde el principio en qué iba a terminar y confiaba que su modales, sus gestos, el conjunto de sus actos, se acomodarían por sí solos a la situación, por simple espontaneidad. […] tenía profundas convicciones respecto de su trabajo y la manera de llevarlo a cabo, que le gustaba, aunque ese trabajo consistiera en ponerle a un hombre detectives u ofrecer a una mujer a cambio de un precio como hacen los rufianes. […] A Atienza le desconcertaba la inocencia de su rostro mientras trataba aquellos negocios de canallas. […] esa fe profunda y arraigada que les permite matar o torturar a otro por su bien, sin disimulos y sin mala intención, incluso alegremente con naturalidad.

Todo circulaba en torno a Verónica Galindo y en torno a la obtención del dinero, mucho dinero. […] ambas cosas tendían a confundirse a medida que pasaban los días y ya no percibía claramente cúal de las dos era el medio para alcanzar la otra y cuál el fin.

 

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Almacén de una zapatería antigua

[…] Las rebajas de verano en la zapatería Las Novedades habían resultado un fracaso a causa de la enfermedad de doña Rosa. Sus cinco días de hospitalización habían bastado para que en la tienda todo anduviese manga sobre hombro y, a finales de julio, aún quedaban en el almacén pares sueltos sin sacar a los expositores…una vez restablecida doña Rosa decidió hacer inventario con la tienda abierta. […] Floro se ofreció para lo que hiciera falta[…] quedó acordado que ayudaría a Dorita con el inventario.[…] Dorita era una chica muy simpática y parlanchina. Floro descubrió primero que Dorita hablaba sin parar y luego le encantó  enterarse de cúal era su tema favorito de conversacion: el sexo.

OTOÑO: EL CUARTO JUGADOR

Cuando llegué, ellos ya estaban allí. Quizás sea el signo de mi vida. Me presenté a la hora exacta en que me habían citado, pero de nuevo otros habían llegado antes. No pude evitar el sentimiento de que ya todos los lugares estaban ocupados.[…] Así me ocurrió esa tarde a la última planta de la quinta de los Almar.[…] No quiero hablar de mi mismo y no lo haré. Pero, ya no puedo omitir que yo era el cuarto jugador, que siempre lo fui. Desde la infancia, a lo largo de mi vida, he jugado centenares de partidas con Floro, con Rodrigo y con Álvaro, miles quizás.[…] Todas las carambolas se repiten en alguna ocasión. Cuando se ha jugado mucho, uno ve las bolas y piensa: <<yo ya estuve aquí, yo pasé por esto>>. No sólo por la disposición de las bolas, sino por la situación entera: las posturas de los contrincantes en torno a la mesa, el humo de los cigarrillos bajo el foco de luz, el gesto de darle tiza al taco, el instante preciso en que Floro dice: <<De lujo y flor>>. Es una sensación de pánico, pero también de melancolía; no es fácil saber hasta que punto uno desea seguir siendo un prisionero de sí mismo, hasta qué punto prefiere ignorar dónde está la llave.[…] Hacíamos lo mismo que otras tantas veces, pero me parecía diferente y no lograba captar en qué consistía aquella diferencia. Era pura distancia, un paraje de sobreentendidos y presuposiciones  que no lograba penetrar. Había omisiones. La conversación cambiaba de lugar con saltos de espadachín y esquivaba ciertas palabras, nombres, sucesos recientes, como si fueran la punta envenenada de un florete.

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Teatro Filarmónica – Oviedo

21. Después de la primera partida hicimos una pausa. […] ¿Pero qué otra cosa había sido nuestra vida sino un obtuso paréntesis entre dos partidas de billar? Los cuatro nos sabíamos amigos desde esa fecha incierta y fundacional en que la memoria comienza a separarse de los sueños para construir un yo. Nos queríamos sin ningún tipo de amabilidad, por puro instinto de supervivencia. Porque no quedaba más remedio. Me resulta difícil concebir una idea distinta de la amistad. Si Floro o Álvaro me hubieran dicho: déjame el coche, ocultarme en tu casa, dame lo que tengas, he cometido un crimen, yo respondería: vale, no hace falta que me cuentes nada, aquí no hay más que hablar. Con Rodrigo siempre, sin embargo, siempre fue diferente. […] estaba revestido con el aura de la riqueza y yo no fui capaz de superar ese estigma.[…] Rodrigo no tenía culpa, pero yo no podía saltar tanta distancia, su familia era demasiado rica.

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[…] Primero sintió miedo. Había algo incomprensible y perturbador que se les escapaba, un propósito que no lograba descifrar, una oscura amenaza, un obsesión enfermiza que la tenía a ella por objeto y que causaba repulsión.[…] <<Jamás te daré nada>>,[…] <<yo sé lo que tú ignoras>>[…] <<Verónica Galindo>>[…] Aquella habitación parecía el templo de un fanático, pero un templo edificado en su honor. Percibía el peligro y sentía deseos de huir de allí de inmediato, sin embargo demoraba su salida, las imágenes de sí mima y todos los objetos de aquella estancia inicua la atraían como el abismo de un sueño […] y en esta fantasía ella aparecía como un ser grandioso y único […] A medida que transcurrían los minutos los fantasmas de Álvaro Atienza se iban introduciendo poco a poco en su sueño, nuevos personajes del deseo, ajenos hasta entonces al clima de sus propias fantasías, se colaban como contrabandistas en la película virgen de su alma y descubría en ellos una nueva y secreta fuerza […] la tiranía que se esconde detrás de la inocencia. Los iniciales sentimientos de ofensa, repulsión, infamia y miedo iban dando paso a la simple curiosidad, la búsqueda de explicaciones, el halago, y a una cierta piedad para con aquel extraño hombre solitario. […] Había caído en el sueño de otro y no lo quería abandonar, porque era un ámbito capaz de albergar todas las geografías sin contradicción, el hábitat de la simultaneidad, el único hogar donde caben todas las estrellas, los muertos y los números sin otra violencia que el asombro. Y ella estaba en el centro de ese sueño, <<era>> su sueño.

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Getty images – 3 técnicas para lograr sueños lúcidos

[…] Ella me quería, pero no me amaba. Lo supe con una certidumbre corporal, como si hubiera recibido un tiro de pistola, apenas te das cuenta del mordisco caliente de la bala, pero se te doblan las rodillas y te caes. Nunca me han disparado, pero sé lo que se siente gracias a esta noche, porque de alguna forma hacía tiempo que yo estaba esperando aquel disparo. Y cuando se produce sientes flojera, culpabilidad. […] Verónica tenía veinte años, no pertenecía  a nuestro mundo de jugadores de billar desgastados, no formaba parte de nuestras redundancias, ni de los vicios de nuestra memoria. Eso quise creer. Sin embargo ahora estaba allí , en el centro mismo de ese mundo. Por la sola razón de que no hay otro. Eso me llenaba de pena. Por ella. Por mí sólo percibía el avance sigiloso del fracaso […] El fracaso definitivo, cuando asumes que has perdido y en adelante la indiferencia ya siempre es dolor.

[…] Hemos sido educados a la defensiva, pero con astucia, colaborando activamente en nuestra propia derrota, para que no se diga […] en la familia preferimos dejarnos llevar a tomar la iniciativa, carecemos por completo de ambición, sobre todo en asunto de dinero y mujeres […] nuestra supervivencia era de clase media y siempre ha dependido del sublime arte de la cobardía, ahí es donde me reconozco sin reparo: esconderse, esquivar, guardar silencio, no arriesgar nunca el honor en vano, porque supondría nuestra muerte, somos capaces de morir por honor, somos gente buena, pero sostener el honor es muy difícil sin tener criados. Covita de Almar tenía criados desde hacía por lo menos cuatro generaciones […] estaba acostumbrada a mandar, había sido educada para impartir órdenes y yo me daba cuenta de ello. […] le había bastado pulsar una tecla para desencadenar el mecanismo de la esclavitud […] Creíamos que el poder ejercía su dominación sobre el terreno de las ideas, pero estábamos equivocados, nos preparamos para combatirlo leyendo libros y esgrimiendo palabras, qué error, eran los cuerpos lo que les interesaba, su energía, su potencia, su inmortalidad era allí donde Dios ejercía su tiránico sometimiento.

 

INVIERNO. NIEVE SOBRE LA CIUDAD

A mediados de febrero dejé mi apartamento y me trasladé al piso de Mari en la calle Santa Cruz. Los últimos meses no habían sido los mejores de mi vida. Tampoco habían sido buenos para ella. Desde la muerte de Manuel Arbeyo la mayoría de nuestros amigos andaban medio desaparecidos y todo el mundo parecía haber cambiado de hábitos de vida.[…] Creo que no llegué al patetismo de emborracharme en público ni armar bronca en los bares ni a llorar sobre el hombro de un desconocido. Sólo dejé de salir de casa. Pese a lo que se comentó, tampoco pensé en suicidarme, ni se me pasó por la cabeza, preferiría morir antes que llamar la atención de una manera tan escandalosa y obscena.[…] Ella es inocente, pero la has obligado a ejercer de verdugo.[…] fuiste demasiado débil y cerraste los ojos, cuando más abiertos los necesitabas. Luego ya será tarde, irremediable. Y entonces te abandonas.[…] La lluvia golpeando  quedamente el cristal, el aire gris de la ciudad, la resignada regularidad de la máquina de coser perforándome la memoria hasta la casa de mis padres. Tal era la palabra: resignación. Sentirse conforme, incluso contento con el simple hecho de sobrevivir. […] Antes las personas mediocres solían ser felices, ahora sólo somos culpables de nuestra estupidez, no sé en qué momento dejó de sernos útil la resignación, pero ya no ha manera de encontrarla, como si prefiriésemos estar desesperados, como si fuera mejor la derrota segura a no haber participado. Y la derrota estaba allí, en mi apartamento, al otro lado de los visillos, en la pantalla del televisor, entregarme al simple abandono de sobrevivir, sin más deseos, sin nada más. Pero no lo lograba.

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[…]Unos días después Mari se presentó en mi casa. […] se hizo cargo de todo […] Mientras me adentraba en los ovillos del sueño sentía a mi lado la cadenciosa respiración de Mari y una profunda gratitud. […] La amistad es una lazo mucho más fuerte que el amor, te exige lo esencial de ti mismo, pero nada más. Uno es como es y con eso basta. Lealtad y respeto, sin ningún género de contraprestación, sólo se te pide ser fiel a ti mismo. Aunque, bien mirado, esa fidelidad sea la más difícil de todas.[…] Más que ninguna otra relación humana, la amistad es un sobreentendido, una presuposición, algo que se da por descontado y queda fuera de toda retribución y de todo derecho, es un don que se recibe con el mismo mérito que el color de los ojos y que se da por el puro goce de sentirse libre. Es decir, noble. No se debe hablar de ello.

[…] Necesitaba comprender lo ocurrido, pero la comprensión cuando llegaba, me producía tal daño que enseguida se me diluía el razonamiento […] Mari me sugirió que lo escribiera. <<Te vendrá bien. Lo pones todo en un papel y a lo mejor se queda allí y te deja tranquilo>>. Podía ser verdad. Pero sólo bajo ciertas condiciones. Desde el primer momento vi con claridad que yo no debería aparecer por ninguna parte, que en ningún caso debería hablar de mí, que tenía que borrarme de la historia, pues de lo contrario todo quedaría invalidado con la misma autocompasión, el mismo autoengaño, y el mismo autodesprecio que me impedían pensar y comprender. Para escribir tendría que quitarme de en medio y tratar de comprenderles a ellos, entrar en sus razones, sondear sus palabras e investigar sus actos como si yo no estuviese involucrado, como si yo no existiera ni hubiera existido nunca.  Quizás la clave consistía precisamente en mi falta de existencia. Eso es lo que me quedaba por decir. Que mi falta de existencia tampoco es inocente.

[…] El sufrimiento te permite descubrir lo importantes que son las cosas que carecen de importancia. Es algo que nadie te puede enseñar y uno lo aprende cuando ese saber ya no remedia nada. Sólo cuando Verónica ya se había ido comencé a entender la importancia de esos momentos intermedios, esos instantes vacíos y neutrales, carentes de atención […] Porque durante el crimen nunca estamos. Ni durante el amor. Están las pasiones que te ocupan, pero no estás tú. Sin embargo, si te dicen: soñé contigo, te recordé, pensé en ti, te aferras a esas palabras como el hambre a una hogaza de pan. Un pan de aire, pero tan intenso que ya nunca lograrás saciarte. Es entonces cuando descubres los momentos intermedios y el valor impagable de las cosas sin importancia, porque ya las has perdido.[…] Con Verónica las cosas sin importancia no existían; no hubo momentos intermedios. […] El hecho de tenerla a mi lado era tan milagroso que me daba miedo. No podía entender por qué me quería. Me decía: <<¡Qué contenta estoy!>> nunca supe que veía en mí, por qué me hacía merecedor de tal regalo.[…] Poco a poco descubrí que esas palabras significaban: <<Te quiero>>.

[…] Uno de aquellos días de octubre, Verónica se sorprendió mintiendo a sus amigos más íntimos. Es decir, a mí. Descubrió que mentía cuando callaba, que para mentir sólo tenía que guardar silencio.[…] Y consintió ella que era la pura inocencia. Y se internó  en un mundo nuevo, lleno de territorios sombríos y asombrosos, en los intensos paisajes de la ocultación, el secreto, la cautela, la omisión cuidadosa, el disfraz de los sentimientos, los placeres de la culpabilidad, un mundo intenso que jamás dejaba de crecer, ni aun mientras dormía, y así crecían sus silencios, cada vez más precavidos, tensos y reticentes. Sólo en la habitación podía abandonarse y dejarse llevar hacia una nueva familia…almas hermosas en cuerpos deformados.

[…] Nevaba en la ciudad cuando a las siete y media de la tarde oí el timbre de la puerta.[…] Hacía más de un mes que Verónica vivía con Álvaro Atienza y yo no había vuelto a verla desde entonces, pero aún la esperaba […] Venía a despedirse, a decirme adiós, sobre su pelo flotaba un copo de nieve.

[…] El asesinato de Manolo Arbeyo sólo quedó en la memoria indestructible del resentimiento y la sospecha, ese lugar donde sobrevivimos los vencidos. […] porque el resentimiento no admite pruebas en su contra. 

[…] Un día, ya en abril me tropecé con Floro en la calle Pelayo. Nos dimos un abrazo […] me disculpé por no haber asistido a su boda. […] Acaba de abrir una sala de billares en la calle Foncalada con una mesa cojonuda. […] Salimos hacia allí. El café Mercurio había quedado descartado en silencio. […] Pasamos al gin tonic y resultaba fácil hablar con un amigo. Quiero decir que las palabras fluían sin apenas barreras […] estaban repletas de sentido, de pronto te salían hiladas en la  conversación sin darte cuenta, explicaciones que habías buscado antes sin llegar a dar con ellas, detalles que se te habían olvidado, los dos íbamos enlazando frases e ideas en la conversación como si fueran nuevas carambolas. Carambolas nuevas.

[…] Regresar, ser esperado. Saber que hay un lugar en el mundo que está incompleto hasta que tu llegas un jueves cualquiera a las once. Poder volver a alguna parte porque no toda la tierra está quemada a tus espaldas y aún hay alguien en la última cabaña de ti mismo, alguien que te espera.

PASEO POR OVIEDO

A través de los paseos de Floro va surgiendo la ciudad con su fisonomía, su clima, sus cuestas, su parque de San Francisco, la calle Uría y su extensión hasta la estación de tren, el teatro Campoamor y el Filarmónica y las plazas recoletas que conducen hasta la catedral.

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Calle Mon

Mientras caminaba hacia el café Mercurio, Floro se exaltaba: ¡qué maravillosa resultaba la ciudad!; ¡la universidad, la catedral, la Corrada del Obispo, la plaza del ayuntamiento, el Fontán!: ¡calles estrechas y antiguas, plazas de piedras nobles y apacibles, casas de abolengo y edificios prudentes, con un bar en cada esquina para repostar en caso de necesidad![…] Caminaba despacio, como solía, un pie delante del otro, sin entablar discusiones con la prisa, transportando sus ciento ocho kilos con tranquila eficiencia. A la altura del teatro Filarmónica, ya con el palacio de la Audiencia a la vista, se detuvo un instante para decidir el trayecto hasta la calle Mon, bien a través de la plaza de la Catedral, bordeando Santo Tirso, bien por la universidad, subiendo luego Atamirano. Por supuesto se  trataba de un dilema estético en el que Floro evaluaba los tramos de sol y las penumbras, los sillares dorados de la universidad y las antiquísimas grisuras de Santo Tirso. Nadie podía negar que en ese preciso momento Floro Santerbás era un hombre feliz.[…]Ni se le ocurrió ir al billar del Mercurio o a cualquier otro lugar. Tomó la dirección de la calle Uría, se metió las manos en los bolsillos y dejó que sus pies le llevaran donde les pareciera por el centro de la ciudad. Los antiguos y nobles edificios pasaba a su lado, como si los estuviese contemplando desde un tranvía: el palacio de la Diputación, sede de la Junta del Principado, la casa modernista del Termómetro, la plaza de la Escandalera, como queriendo pasar desapercibida, la recatada elegancia del teatro Campoamor. Hacía tiempo que Floro no experimentaba esa agradable comunión con la ciudad […] Pero ahora había recuperado de nuevo su ciudad. Estaba más limpia, más cuidada, más pintada y ornamentada, con las calles decoradas con arbolitos y macetas, pero por debajo Floro seguía viéndola con los ojos emocionados de la memoria, como si hubiera en él varias ciudades superpuestas, capaces de conservar y transmitirle luego todo el cúmulo de sensaciones en que consistía su vida. Ahora la ciudad se vestía de jardín, pero Floro aún podía percibir en su memoria el peculiar olor a gas que desprendían las viejas farolas del alumbrado público, los humos de las locomotoras de carbón que se difundían desde la Estación del Norte y desde la de Económicos, casi en el centro de la ciudad, días nublados y de continuo orvallo, gabardinas mojadas, hombres vestidos con trajes cheviot en la barra del Marchica, el sabor inexplicable de las aceitunas rellenas que no lograba ubicar su memoria, alfombras de serrín sobre charcos de sidra, ciertos visillos de encaje, una higuera en un patio de tierra en la calle Caveda donde unos hombres jugaban a la cuarteada en mangas de camisa, la gorra de su padre ladeada sobre la coronilla mientras tiraba las grandes bolas de madera, el ruido familiar del tranvía, todo seguía estando allí, porque la ciudad era un paisaje del alma.

[…]Floro salía de los Valle en la calle Fruela y se encaminaba parsimonioso hasta la zapatería Las Novedades en la calle Melquiades Álvarez, donde era recibido con júbilo indescriptible y una taza de chocolate para desayunar. En el intermedio, quince minutos de paseo por el centro de la ciudad disfrutando del clima, cualquiera que éste fuere, pues Floro disfrutaba incluso con niebla, ¡era tan propicia a las metáforas! Por supuesto, adoraba la lluvia, el golpeteo de las gotas sobre la tela del paraguas, las cortinas grises y serenas del orvallo vistiendo la ciudad, la mansedumbre de las calles, la sensación de formar parte de una intimidad. <<¿Te das cuenta?, si Oviedo fuera un alma, ¿no sería la lluvia puro San Juan de la Cruz?, es algo místico, por eso les gusta tanto a los tontos ver llover, en cuanto caen cuatro gotas se quedan pasmados y se mojan, lo hacen adrede, no hay nada tan espiritual como ver a un tonto mojándose. ¿Y el sol? ¡Para qué hablar del sol! El sol en Oviedo es tan maravilloso que te puedes morir.

 

COMPORTAMIENTO SOCIOLÓGICO DEL GRUPO

[…] En aquella época aborrecíamos a la humanidad o la despreciábamos. No podría dar las razones de por qué esa actitud resultaba ser la única éticamente aceptable y posible para nosotros, ni cómo éramos capaces de soportarla sin perder por ello un ápice de nuestra buena conciencia de poetas anarquistas y salvajes. Estábamos a punto de terminar la universidad o ya lo habíamos hecho, fumábamos hachís, tomábamos ácidos, no teníamos trabajo ni lo buscábamos, éramos valientes, desesperados, perfectos y, sin reconocerlo ninguno de nosotros, estábamos seducidos, subyugados y sometidos por la lúcida y devastadora inteligencia de Álvaro Atienza, nuestro líder. No puedo precisar si Franco ya se había muerto por aquellos días, si estaba agonizante o si aún le faltaba algún tiempo para morir. La lucha era otra, menos coyuntural, mucho más ambiciosa y decisiva, pero no recuerdo cuál. Ninguno entendía por qué la gente se conformaba con el humillante sometimiento de tener que madrugar, ni por qué aceptaban la degradación de trabajos innobles hacia los que eran acarreados en fríos autobuses antes de amanecer, ni por qué, en definitiva, la gente se conformaba con cualquier cosa con tal de sobrevivir. El ser humano era con mucho el más detestable de los animales, el más codicioso y destructivo; en especial, el ser humano español […] porque el español, lejos de aceptar y corregir su bajeza moral, o al menos sacar provecho  como hacen los anglosajones con su infame poder, el español, decíamos, se ufana en su figura orgullosa y tétrica, hincha el pecho, cita a don Quijote, se envanece, saca el cuchillo herrumbroso, ataca; y luego, sin arrepentimiento, reza y engaña a Dios como a sí mismo.

 

DE LA VETUSTA CLARINIANA AL OVIEDO DE AVELLO

Desde mi sillón, apenas con volver un poco la cabeza hacia la derecha, veía gran parte de la ciudad. El cielo estaba encapotado, opresivo. En realidad no había cielo ni ciudad, sino una grisura sin perfiles, un único volumen de algodón del que emergían pequeños rascacielos, grises también. La ciudad, oculta bajo la humedad, parecía tener sólo una dimensión vertical: era una ciudad enteramente formada por rascacielos enanos, edificios de no más de diez plantas que, sin embargo, poseían el tamaño moral de los grandes rascacielos y su misma condición solemne, autoritaria y opresiva. Así la vi desde la mansarda del los Almar.

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El <<Va pensiero>> se oía en la ciudad desde primeras horas de la mañana. La radio lo emitía una y otra vez, era hermoso. Los expertos invitados por las emisoras explicaban a Verdi con gran erudición: el compacto exilio de los judíos, la conflictiva unificación de Italia, la cruel exactitud de las metáforas bíblicas en tiempos de Nabucodonosor. El teatro Campoamor ofrecía esa noche la última función de la temporada de ópera, sobre las cinco y media de la tarde comenzó a llover. La lluvia no hubiera hecho falta para traer melancolía a las almas de clase media, pues el coro de Nabucco en la radio te podía sacar gruesos lagrimones sin que te dieras cuenta. Y eso era lo peor: al no entender de ópera tampoco te explicabas las ganas de llorar. Con esto no trato de justificar lo que hizo Manolo Arbeyo, ni sugerir que fueron la música y el clima las causas de todas sus acciones. Nada de eso. Manolo Arbeyo ya era un grandísimo hijo de puta mucho antes de escuchar por primera vez el coro de Nabucco y, por supuesto, las malas intenciones son tan antiguas como la lluvia (…) las almas de clase media son astutas, reconocen a Verdi, sienten melancolía, pero se saben construidas con garbanzos.

Sobre la ciudad llovía una sucia grisura, ¿y qué?, siempre ha llovido y puedes usar un paraguas, hay que ser precavido y no hacer el amor jamás con princesas y hadas, sino sólo con almas de clase media, mujeres que se quiera a sí mismas como te quieres tú, sin ambición, de forma moderada. Porque luego, algún día dejan de quererte se convierten en princesas, hadas, y te sientes perdido.

 

VICENTE EL CICLISTA (el sablista)

-Aunque te creas que sabes mucho porque lees libros sin parar- decía Vicente-, todavía no te enteraste de la misa a la media.

-Tienes razón -convino Floro con voz pausada-, tienes razón.

Floro se mostraba compungido.

-Los libros no te dicen lo importante, lo práctico de la vida, y luego piensas que toda la gente es como tú, que busca lo mismo que tú, y ahí te equivocas. […] Todo el mundo piensa que los demás son como ellos y todo el mundo se equivoca. La culpa la tiene la televisión. […] Lo que quiero decir es que hay mucho tipo de gente diferente, gente que no tiene nada que ver entre sí, pero que no lo saben. En concreto catorce tipos de gente diferente, para ser exactos. […] Los libros no te dejan pensar porque te domestican las ideas y además, ¿para qué te sirvió a ti la carrera?; para leer más libros.[…] Hace falta saber observar, hacerse con una experiencia propia, personal, o sea, de ti mismo. […] Están los hijos de puta que te pueden joder y están los hijos de puta que no te pueden joder aunque lo están deseando; esas ya son dos clases de personas distintas. […] Lo concreto y particular se encaja en lo abstracto y en general sólo hay que poner a cada individuo en una de las catorce casillas, pero para eso hay que saber observar. Por ejemplo, está la casilla de los que compran, o sea, los pringaos, y están también los jubilados y los vacantes, o sea, los que están siempre de vacaciones, pero los jubilados no necesitan estar jubilados, a ver si me entiendes, que pueden estar trabajando pero internamente jubilados. […] Están los que quieren y no pueden, o sea, los ansiosos, y están los que ni quieren ni pueden, o sea, los cachazas y gordos de mierda.

[…] Aun cuando quedara probado que a la hora del crimen él se encontraba en los calabozos de una comisaría de Gijón, Vicente sabía que no eran los relojes los que marcaban las horas importantes de su vida, que para los hombres como él los relojes son blandos y el control del tiempo pertenecía a otros, que los hombre como él no tenían reloj. Que nunca lo tuvimos.

CRÍTICA DE LA OBRA:

Sanz Villanueva: “La negra provincia de José Avello”

José Mª Merino en Revista de libros

Cuaderno digital. Suplemento 2: José Avello

Manuel Fernández Labrada: José Avello

José Avello Flórez, Cangas de Narcea y la identidad

José Avello la ambición y el sosiego

Pepe Avello. Donde viven los amigos tous pa tous

Gutmaro Gómez Bravo: Milana bonita: el trasvase de propiedad de la guerra a la dictadura

Documental “El precio de la derrota” Rocamar.

<<…ciertas formas del recuerdo no son sino astucias de la memoria para liberarse de su cargas…>>

 

Biografía que cuenta en sus memorias:

«Nací en Cangas del Narcea en 1943. No conocí a ninguno de mis cuatro abuelos, que habían muerto antes, pero sí a una bisabuela, Concha Azcárate. Mi abuelo Manuel Avello fue secretario del Juzgado municipal de Cangas. Hace poco que pude consultar una crónica de un periódico de la época, el “Asturias”, que se editaba en La Habana. En él el periodista Gumersindo Morodo, que firmaba como «Borí», escribe en 1917 que mi abuelo había aprobado las oposiciones en Madrid. Los Avello son una familia de Cangas desde hace muchos años. En una ocasión, el periodista Manuel Avello, que no tenía parentesco conmigo, me explicó que los Avello de Asturias provenían de una misma zona, entre Barcia y Luarca, y que él había localizado una casa solariega antigua de donde provenía el apellido. Mis abuelos maternos, los Flórez López-Azcárate también son nacidos en algunos pueblos del entorno de Cangas. Estos Flórez fueron emigrantes, como tantísimos asturianos emigrantes. Se fueron a América y, de hecho, mi madre nació en Santo Domingo. Mi tío Gil estuvo en México y a mi tío Pepe, por el que yo llevo el nombre, lo llamaban “El Habanero”, aunque no había nacido en La Habana, sino también en Santo Domingo. Mi abuelo materno, Joaquín Flórez, parece que fue un hombre que se enriqueció y arruinó varias veces con negocios en América, y de él también hay una noticia en estas crónicas del periódico “Asturias” en la que se cuenta que en 1917 o 1918 hace un embarque de frutos secos, castañas, avellanas, desde el puerto de Gijón con destino a La Habana. Un cargamento que le debió de salir muy mal porque parece que los frutos secos se estropearon y pudrieron en el barco. La familia se estableció más tarde en México, donde todavía se vivía el final de la revolución mexicana. Mi abuelo se dedicaba a viajar y en la familia cuentan una historia, quizás idealizada, de que él estaba fuera, en Veracruz. Mientras, su esposa, mi abuela, Mercedes López Azcárate, estaba acompañada por una hermana suya, de 19 años, que la ayudaba, y por sus cinco o seis hijos pequeños. Mi abuela se pinchó con una planta y contrajo una septicemia, de la que murió con 27 años. Entonces aquella chica de 19 años, mi tía abuela Lola, tuvo que pedir la repatriación con toda la familia y vuelve a Cangas, donde mi madre y todos sus hermanos son criados por la bisabuela Concha, que los acoge como huérfanos en su casa. De mi abuelo apenas se volvió a tener noticia: volvió del viaje, se encontró con que su esposa había muerto y la familia estaba de regreso en España. Parece que escribió algunas cartas y murió al poco tiempo».

Cangas: protección y aventura. «La bisabuela Concha era la dueña de la casa y de las fincas porque con el dinero que mandaba la familia desde América había comprado bienes, entre ellos esa casa de Cangas, al lado del Ayuntamiento, donde después pusieron una fonda. El edificio todavía existe. Pasé en Cangas toda la infancia, hasta los 12 años. Mis padres eran Benigno Avello y Estela Flórez, y a mí me conocía mucha gente como Pin de Estela. Ella tenía un estanco en el centro del pueblo, en la calle Mayor. Una de las cosas que me marcó el carácter son esos años infantiles, en los que aprendes lo que es la lealtad, la amistad con tus iguales, que son todos los del pueblo. En esos años cuarenta, primeros cincuenta, el pueblo entero era una especie de extensión de la casa, es decir, que andabas con una cierta seguridad por el pueblo o por los montes de alrededor. Los juegos infantiles eran a veces las batallas a pedradas, pero sobre todo eran juegos de competición, cuando tocaba la época de las chapas, de las bolas o de jugar a las espadas. Todo ello producía una sensación de universo completo, de que ahí se acababa el mundo. Por otro lado, era una experiencia muy enriquecedora y toda la gente de mi generación, los que fueron a la escuela pública conmigo, los amigos de la primera infancia, siguieron siendo amigos toda la vida. Los amigos eran una especie de extensión de la familia, que en sí misma era muy grande. Tenía montones de primos, tanto por los Avello, que eran nueve o diez hermanos de mi padre, como por los Flórez, siete u ocho hermanos, de modo que yo tenía 30 o 40 primos de mi edad más o menos. Yo, que era el pequeño, tenía además a mis dos hermanos mayores y una hermana. El clan familiar te daba una sensación de protección, de seguridad y, al mismo tiempo, de aventura; y la aventura eran los otros, era que había que jugar a las bolas y ganar y aprender los valores fundamentales. De mi infancia puedo decir que fue muy feliz, pero más que feliz yo diría que la infancia es ese período de intensidad emocional en el que los amigos, sean por los aprecios o los menosprecios, tienen un grandísimo valor».

JOSE ABELLO 87

No transmitir el trauma. «La Guerra Civil había dejado huella en la familia. La parte de mi padre quedó muy machacada. Mi padre, como mi abuelo, era secretario del Juzgado de Cangas, y sus hermanos César y Noé también eran oficiales del Juzgado, el primero en Oviedo y el segundo en la misma Cangas. En la guerra, a otro tío mío, Manolín, lo fusilaron en los primeros meses sólo por ser funcionario. Otros dos hermanos de mi padre, Abel y Moisés, fueron a la guerra. Abel se mató en el frente, en una moto, y Moisés estuvo exiliado en Francia toda la vida. Por los Flórez, mis tíos Joaquín y Pepe «El Habanero» estuvieron en la cárcel y salieron después de la guerra. Era gente más o menos liberal. Sin embargo, la guerra no era algo de lo que se hablase en casa, es decir, que mi padre nunca la mencionó. Creo que eso fue muy general en toda España y en Asturias: no transmitir ese trauma fortísimo que fue la Guerra Civil a las otras generaciones, pero luego te vas enterando de ello a medida que pasan los años. El silencio sobre la guerra se nota sobre todo en los pueblos, porque queda muy marcada la gente: quiénes estuvieron, quiénes denunciaron, quiénes hicieron qué».

Gasóleo y malas carreteras. «En Cangas no había instituto de enseñanza, pero sí una academia que llevaba un maestro, don Alberto Andreoloti, junto con sus hijas María Isabel y Finita, que estaban recién tituladas como maestras. Los pocos chavales que continuábamos con los estudios éramos los de esta academia o los que se habían ido al Colegio de los Dominicos o a los Jesuitas de Gijón. Estudié así los dos primeros años de Bachillerato e íbamos a examinarnos al Instituto de Oviedo, en aquellos Alsas que empleaban en el viaje cuatro horas y media o cinco. El viaje era terrible y te mareabas por aquellas carreteras, con el olor a gasóleo además. Recuerdo la primera vez que fui a Oviedo, que debió de ser a una boda o algo así, y luego me llevaron a Gijón, a ver el mar. Debía de tener yo unos 7 años y lo que me impactó de Oviedo al llegar fue el olor, un olor que yo no sabía cómo identificar, como de hollín. Tal vez todavía existía el alumbrado de gas, que dejaba un olor que la gente de la ciudad no distinguía y que, sin embargo, al llegar de un pueblo de fuera, del aire limpio, era muy impactante. Me impresionó tanto aquello que después tuve identificado a Oviedo por ese olor. Cuando acabé segundo curso de Bachillerato en Cangas fui a examinarme en septiembre de una asignatura que me quedaba y en ese momento nos dieron la noticia de que se había muerto el pobre de don Alberto, el profesor de la academia. Entonces me buscaron colegio y fui al Corazón de María en Gijón, porque una prima mía mayor vivía allí cerca del Colegio de los Claretianos. A esta prima, Zita Avello, la quise muchísimo y es una especie de matriarca de los Avello, la mayor que queda de aquella generación».

Discusiones sobre religión. «En el Corazón de María pasé la adolescencia, hasta sexto de Bachillerato, durante cuatro cursos. También es una época que toda la vida he recordado y hasta hace poco podía reproducir los nombres de mis compañeros de clase y cómo estábamos sentados en el aula. Es un sentimiento emocionalmente muy gratificante y muy fuerte, pese a que no volví a coincidir después con ellos, excepto con Mariano Antolín Rato o algún otro compañero que estudió Químicas en Oviedo. Fueron años muy intensos de adolescencia, con la crisis religiosa que se iba mezclando con las vacaciones en Cangas, donde tenía discusiones sobre religión con los amigos y, sobre todo, con mi primo Cote Álvarez Flórez, dos años mayor que yo. A mi primo siempre lo he admirado, pero en esos años lo hice con una intensidad especial porque a sus 13 o 14 años ya era un artista completo: era un dibujante magnífico, hacía tallas de madera o dibujaba cómics con una gran facilidad. Y además era un extraordinario poeta. De hecho, yo siempre supe de memoria más poemas suyos que míos. José Manuel Álvarez Flórez vive en Barcelona y ha publicado libros que son una combinación entre novela y relato fantástico, en una prosa con mucha fuerza. Y también publicó relatos sobre lo que denominó los “astures celestes”, muy interesantes. Leíamos los Evangelios y discutía sobre religión con Cote, con Umberto o con otros amigos. El poso que quedaba de aquellas discusiones era el interés por entender, algo que se produjo un poco antes de que llegara yo a la Universidad. En el Corazón de María de Gijón había tenido mucha presión religiosa, en el sentido de presencia única de la religión, sobre todo durante los dos primeros años, en los que yo fui muy místico, de comunión diaria. Recuerdo haber hecho cálculos en un diario que llevaba en aquella época de colegio y muchísimos días los internos escuchábamos dos misas, más el rosario. Comíamos y cenábamos en silencio y se leían libros sagrados o alguna novela en el refectorio. O sea, que teníamos una especie de disciplina monacal. Ya digo que era interno, y en una época en la que había que llevar el colchón de casa, con las sábanas, y los cubiertos. La situación era penosa, aunque luego el colegio fue mejorando y ya ponía los colchones. Fueron tiempos de mucha disciplina, de cantar el “Prietas la filas”, de acudir al izado de la bandera y de la imagen de un cura con el brazo levantado, que a mí se me hizo chocante. Y la religiosidad estaba muy cosificada, muy ritualizada, de forma que en seguida, con un poco de espíritu que tuvieras, te ibas a rebelar contra aquello. Eran años inquietos y ya digo que discutíamos sobre religión en Cangas, con Cote o con Paco “Chichapan”, Francisco Prieto, amigo de toda la vida. Chichapan era el apodo de la familia por ser panaderos desde su bisabuelo. También discutíamos de política y de poesía. Paco era un gran lector de Neruda y yo pasaba mucho tiempo escribiendo poemas, muchos ripios, y casi me salía el pensamiento en sonetos. Más tarde, en el primer o segundo año en la Universidad de Oviedo gané un premio de poesía».

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Derecho y Filosofía. «Había estudiado el Bachillerato de Letras, pero cuando llegué al Preuniversitario en el Corazón de María no había profesor de Griego, asignatura que hasta entonces nos había dado el profesor de Latín, más o menos a trancas y a barrancas. Y como sólo éramos tres de Letras suprimieron el PREU de Letras y ese curso me fui a estudiar a los Dominicos de Oviedo, donde estaba el padre Basilio, que era de Cangas y me facilitó poder entrar allí. Por las Letras me había inclinado desde cuarto de Bachillerato, pero decidí hacer Derecho, sobre todo, por entender un poco el mundo de la política y el mundo de la sociedad. De todas formas, asistí por libre durante dos cursos a las asignaturas de Filosofía de Gustavo Bueno. Mariano Antolín Rato estudiaba Filosofía y como éramos muy amigos yo hice los cursos con Bueno, con quien entablamos una cierta relación y entramos en un mundo de pensamiento distinto. En la Universidad también tuve desde muy pronto mucha actividad.

Poesía pura contra social. «En aquellos comienzos de los años sesenta había también inquietud política, que era verdaderamente una inquietud crítica a causa de un sentimiento de falta de libertad. A mí lo que verdaderamente me interesaba era la literatura, el teatro, la poesía, pero lo político estaba presente en todo el ambiente cultural, de manera que la poesía o era poesía social o parecía que no era nada. Le teníamos manía a Juan Ramón Jiménez, pero a la vez había otros que estaban más en ese lado de la defensa de la poesía por sí misma, de la poesía pura. Yo no sabía quién era Borges y hay una conversación con Andrés de la Fuente que no se me olvida. Discutíamos en una ocasión en el patio de la Universidad acerca de poesía y de poesía social y me dijo: “El verdadero poeta es Borges”, cosa que yo apunté muy bien para enterarme. Andrés de la Fuente se hizo abogado y se casó con la escritora Carmen Gómez Ojea, y era un buen poeta entonces; escribía y no sé si siguió haciéndolo porque yo le perdí la pista. Era un buen poeta y desde luego no estaba para nada con los de la poesía social, mientras que en eso yo era bastante militante. Pero, aunque esto de la política era bastante ingenuo, me dediqué mucho a ello en medio de todas las actividades que realizaba».

Bienvenida en el teatro. «Empecé haciendo teatro y recitales de poesía y conocí a gente entonces muy interesante para mí. Fue el descubrimiento de todo un mundo. En aquellos años la Universidad de Oviedo tenía aquel espacio que compartíamos Derecho y Filosofía, en el edificio de la calle de San Francisco. Un espacio impagable en que te encontrabas también con gente de otros cursos. Allí conocimos a Juan Cueto, con quien entramos en contacto y creamos la FUDE en Oviedo, la Federación Universitaria Democrática Española, que era una especie de sindicato de estudiantes. En una ocasión vino a vernos a Oviedo Nacho Quintana, que era íntimo amigo de Juan y estudiaba en Madrid, donde ya estaba militando en la FUDE y en el “Felipe” (Frente de Liberación Popular). Juan Cueto me lo presentó y fue el contacto para fundar la FUDE en Oviedo. Después del “Felipe”, Nacho Quintana estuvo en el Partido Comunista y en el movimiento de barrios de Madrid. Pero en la Universidad había mucho más. Estaba Carlos Álvarez Novoa, el actor, que era director del TEU (Teatro Español Universitario); o Luis Fernando Amor, el pintor, que ahora vive en Santo Domingo. A Mariano y a mí en seguida nos dan la bienvenida al TEU. Allí estaba Chus Quirós, o Celso García. Lo recuerdo porque en el primer año de Universidad fui al Colegio Mayor San Gregorio, del que era director Zulayca, con el que tenía una relación porque él estaba casado en Cangas. En el colegio traté de hacer una revista que se iba a llamar “Novilunio”, Luna nueva. Luego la cosa no fue adelante, pero me acuerdo de que entré en contacto con Celso García, que era de Navelgas y un magnífico escritor de cuentos. Al escribir él solía decir: “Es que se me sube la fiebre”. También andábamos con Juan Cueto, su esposa, Rosa Corugedo, y el hermano de ésta, Fernando Corugedo. Desde el punto de vista literario, yo creo que Fernando era el más preparado. Igualmente, con los años siempre me he dado cuenta, aunque ya entonces lo percibía, que de aquella época el que tenía más fundamento, el que más había leído era Juan Cueto, y también Vidal Peña, que era un pelín mayor. Quedé admirado cuando Juan y Rosa volvieron de Argelia y estuve viendo en su casa la biblioteca, que tenía precisamente aquello que yo trataba de buscar para leerlo. Era lo más al día que se podía estar en semiótica, en análisis del cine, etcétera».

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Recitales llenos. «Oviedo en sí misma era una ciudad muy atractiva, con actividad cultural intensa y, sobre todo, porque estaba abierta a iniciativas que cualquiera pudiera emprender. Por ejemplo, algo que me pregunto es cómo pude llegar a ser vicesecretario del Ateneo de Oviedo. Y fue porque tenía iniciativas y quería hacer teatro. En el Ateneo organizamos un aula de teatro, un aula de cine, que la llevaba Juan Cueto, y un aula de poesía, que la llevaba yo para hacer recitales, y teníamos unos llenos impresionantes, por ejemplo, en un recital sobre Lorca y Miguel Hernández. En el Ateneo hubo unas personas a las que yo no volví a ver, pero que me parecen dignas de encomio: el secretario era Ricardo Balbín, que creo que era funcionario del Ayuntamiento de Oviedo, y el presidente era el doctor Estrada. También era vocal de la junta directiva y venía a las reuniones don Pedro Masaveu, siempre vestido de una manera impecable. Yo tenía 20 años y asistía a esas reuniones; te aceptaban las propuestas y así me nombraron vicesecretario. Hacíamos teatro y recorríamos Asturias. Estaba Linos Fidalgo, locutora de Radio Asturias y entonces novia de Carlos Álvarez Novoa; y con Carlos Rodríguez, también locutor, y Mari Carmen Manzanal. Y actuaba Pedro Civera, el actor que ahora tiene una compañía de teatro».

Artes de enredo. «La mucha actividad daba lugar a que tenías muchos contactos y de ellos siempre salían cosas muy gratificantes. Recuerdo algunas noches en las que estábamos en el Tívoli un rato, jugando a los dados, y luego subíamos hasta LA NUEVA ESPAÑA, para pasar un rato de tertulia en la redacción. Allí estaba Juan Ramón Pérez Las Clotas, que respaldaba a todos los que tuvieran alguna iniciativa cultural. Y también estaba Chano García, uno de los periodistas de la generación joven de la época. Y, además de todo aquello, estaba la actividad política en la FUDE. Pero llevé una enorme decepción porque terminé entrando en el Partido Comunista. No había leído a Marx, ni tenía idea de la teoría de plusvalía, ni nada semejante, y la entrada en el PC era sólo por un sentimiento de libertad, porque uno sentía un poco el régimen como humillante: todo estaba prohibido. Mariano Antolín Rato vino a estudiar a Madrid en tercer curso y yo me quedé estudiando en Oviedo. En una ocasión me llamó: “Ven a Madrid que queremos decirte algo”. Me vine y me presentó a Santiago González Noriega, una de las personas más brillantes que he conocido, muy culto, un filósofo. Noriega me enredó literalmente para entrar en el PC, y digo que me enredó porque lo hizo utilizando artes como la de preguntarme: “¿Tú lo que quieres es ser notario?”. Así, mi entrada en el PC fue una cosa más personal que ideológica. Yo no era marxista en absoluto; es más, a las pocas semanas, Santiago González Noriega se salió del PC escindiéndose con una facción todavía más de extrema izquierda».

«Después del viaje a Madrid volví a Oviedo y le conté a Juan Cueto o a Roberto Merino que había entrado en el PCE. En Madrid me había dicho que un enlace se pondría en contacto conmigo y ese enlace resultó ser Feito. Seguimos en la FUDE, pero éramos también del PCE. Y sucedió una cosa muy decepcionante: hubo una de las huelgas de mineros e hicimos una recolecta de dinero en la Universidad, pero el partido nos desconectó completamente a los estudiantes de todo lo que estaba pasando. Nos dijeron que entregásemos el dinero a alguien de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) o de la JOC (Juventud Obrera Católica), porque parece que el PCE había entrado en esas organizaciones. A mí me pareció bastante humillante porque desconectarnos significaba que nosotros con la rama obrera y con el tronco principal del partido no teníamos ningún tipo de relación. Un buen día de 1964, hacia marzo, se presentan de repente mi padre y mi hermano Jorge en Oviedo, sin avisar (mi padre nunca se movía de Cangas), y me dicen que algún conocido del Gobierno Civil les había dado un aviso: que me iban a detener. Al saberlo, mi padre se había comprometido con quien le había contado aquello a que yo dejaba Oviedo. «Vas a Salamanca o Madrid», me dijo. No sé muy bien por qué podían detenerme y mi padre ni sabía si yo militaba o no militaba, aunque sospechaba. Pero ésa fue la razón de venirme a Madrid a continuar la carrera de Derecho».

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En el sorteo de África. «Mientras tanto, todos los veranos salía al extranjero. En sexto de Bachillerato ya había ido a un campo de trabajo en Inglaterra y después pasé varios veranos en París y en Suecia. Hacía autoestop por toda Europa, de manera que me movía bastante, veía a gente, y en París, sobre todo, a gente de izquierdas o del PCE. En Madrid ya estaba mi amigo Mariano Antolín Rato, que había venido el año anterior, y nos fuimos a vivir a una pensión. Para mí fue un cambio importante con el estilo de vida de la gran ciudad. La Universidad la frecuentaba más bien poco, nada más que para exámenes. Fueron años de conocer a gente, de entrar en otro tipo de valores y, sobre todo, de abandono completo de la política. Hubo un momento en el que me pareció que la acción política no solucionaba los problemas vitales de la gente y entonces yo ya no era un adolescente, sino que tenía 21 años. Salí del partido. Por supuesto, la dictadura no se podía tragar, pero dejé la militancia. Traté más con Santiago Noriega y con Mariano Antolín, y con viejos amigos de Cangas que vivían en Madrid. Fueron dos años de transición hasta que me pasó una cosa: que entró África en mi vida de una manera, en principio, colateral. Había renunciado a las milicias universitarias porque me habían informado mal: que no me admitirían debido a las fichas policiales. Luego resultó que personas muchísimo más comprometidas que yo hizo las milicias e incluso salieron de oficiales. Entré en el sorteo puro de la mili y me tocó el Sahara, en el desierto del Aaiún, durante año y medio. Regresé en 1968 a Madrid y un amigo, Francisco Cortina, nos consiguió a Mariano y a mí un trabajo en Salvat, de tres o cuatro horas por las tardes. Sacaba un dinero y la verdad es que la cosa del dinero siempre la tuve bastante resuelta. Cortina me volvería a ayudar tiempo después. Quico Cortina siempre fue una solución».

La peor política. «Ese año, por una pura casualidad, una conocida de una amiga me puso en contacto con una empresa francesa de obras públicas que iba a construir el puerto de Guinea Ecuatorial. El país había obtenido la independencia de España y al gerente de esa empresa, un español, lo habían expulsado. Vi aquello como una nueva aventura en África y me presenté a una entrevista con el director francés. Buscaban a un español que supiera bien francés, y el Derecho también ayudaba al perfil. Yo no había llevado nunca una gerencia, pero aquel francés debió de confiar más bien en el aplomo personal. Un mes después, en noviembre, estaba en Guinea. Al llegar, reclamé que mi novia, Milagros Gonzalvo, que acababa de terminar Económicas, se viniera conmigo; pero las leyes de la colonia prohibían la entrada de mujeres solteras, así que nos tuvimos que casar por poderes y ella llegó a Guinea en enero. Nos tocó todo el problema de Macías, la ruptura con Madrid y la huida de los españoles. No podía haber sido peor la política del Gobierno franquista con Guinea. Estaba en la inopia. Al ser independiente, Guinea tenía que pasar a depender de Asuntos Exteriores, pero Carrero Blanco, que tenía intereses personales, la mantuvo también en Presidencia, en plazas y provincias africanas… o sea, que dependía de Carrero y de Castiella. Primero organizan partidos políticos, que en España estaban prohibidos; después una Constitución, que aquí no había. Todo de cara a la ONU, pero encima les sale mal porque organizan unas elecciones y las gana el candidato que les es contrario, Macías, que era un hombre medio loco. Nada más había que escucharle en los discursos que daba en la plaza: repetía y repetía las frases; hablaba contra los madereros, luego de los madereros españoles y a continuación de los madereros españoles y blancos. Era una tensión brutal».

Pánico en Bata. «Y hubo el incidente estúpido de la bandera que Macías quiso retirar del consulado, de las dos de España que había. El cónsul, un poco zoquete, dijo que era una cuestión de honor de la patria y Macías mandó unos soldados y la quitaron, así que la Guardia Civil salió del cuartel y tomó la ciudad de Bata dejando a la Guardia Nacional guineana encerrada en su propio cuartel. A las dos horas llaman de Madrid y preguntan qué es aquello, porque se suponía que la Guardia Civil estaba allí para enseñar a los guardias locales y proteger la población. Entonces la Guardia Civil se retira, pero se produce una oleada de pánico en la ciudad y los blancos, los españoles, huyen a refugiarse en el cuartel de la Guardia Civil, por miedo a las represalias. Estaba todavía fresco lo del Congo belga y los mau mau, con los cadáveres de occidentales bajando por el río Congo. Pero en Guinea no sucedió eso, aunque la gente pasó muchísimo miedo. De 3.000 blancos permanecimos sólo 37 en Bata, y Milagros fue la única mujer blanca que se quedó. Así estuvimos dos o tres meses y la flota española vino a recoger a los huidos, que permanecieron cercados en la playa de Bata. Los sacaron con barcazas. Mientras, a los que habíamos quedado, Macías nos garantizaba que no nos pasaría nada. Pero fue una ruina y el país se quedó sin comercio. De repente, uno ve que una colonia es un lugar en el que no hay cerillas, donde no hay jabón, donde se acaban las aspirinas?, es dependiente en todo. De hecho, por no producir, no producían ni café; de los secaderos pasaba el café en bruto al exterior y en los bares se tomaba Nescafé. En esos dos años, uno de los trabajos que tuve que hacer como director de una sucursal de obras públicas fue buscar canteras en la selva para los rellenos del puerto. Las localizábamos y venía un ingeniero de París para hacer los sondeos. La selva es un lugar verdaderamente inhóspito, más aún que el desierto. Un lugar espeluznante, una selva tropical densísima donde apenas se puede respirar, donde casi no hay luz porque es muy sombría, y donde es todo igual. Das un paso mal y te pierdes. Llevábamos un guía y un machetero. «Si le pasa algo al guía, aquí nos quedamos», pensaba yo. Era la idea de naturaleza, que es por otro lado un concepto inventado en el siglo XVIII, que se hizo casi sinónimo de lo sagrado, del ello; es terrorífica».

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Ejecutivo o escritor. «Volvimos a España a comienzos de 1971. En Guinea habíamos tenido a nuestro hijo Jasón. Aquella etapa fue para mí una experiencia personal muy importante y además tuve bastantes ingresos y tenía mucha capacidad de ahorro. Nada más llegar a España nos fuimos a vivir unos meses a Torremolinos, para la aclimatación del calor del que veníamos, y luego estuvimos por Cangas otro tiempo. Eran unos años completamente diferentes de éstos de la tragedia del paro. Nos dijimos: «En enero nos ponemos a trabajar» y así fue. Mandabas currículum o ponías un anuncio en la prensa y lo encontrabas. Estuve los años siguientes trabajando en una empresa de producción industrial, de adjunto al director general. Ganaba también mucho dinero, pero tuve que empezar a replantearme qué quería hacer. Siempre me había visto a mí mismo como escritor y estaba malgastando el dinero como ejecutivo y llevando un tipo de vida que no conducía a ningún sitio. Para colmo, después de madrugar durante la semana, llegaba el sábado y me dolía la cabeza, o sea, el justo castigo a mi perversidad».

Una novela con ambición. «Hacia 1975 decidí que me iba a dedicar a la literatura. Me despedí de la empresa y me senté a escribir. Y no escribía. Aunque la constancia es fundamental, no sirve de tanto la voluntad. A través de Quico Cortina empecé a hacer trabajos para Alianza, de corrector de estilo, y también para Ramón Akal. Aquello no estaba mal, pero hice otros muchos trabajos. También veía a mucha gente y me hice con amigos que conservo, gente del cine, sobre todo: Marisa Paredes, Carlos Rodríguez Sanz, Álvaro del Amo, Augusto Martínez Torres. Salía todas las noches e íbamos al Dickens, al Libertad, a la Fábrica de Pan, locales de la época donde se reunían escritores o gente de la cultura y del cine. La novela “La subversión de Beti García” empiezo a pergeñarla en esos años. Fue finalista del “Nadal” en 1983 y se publicó en 1984. Era una enorme ambición la que tenía; lo que yo pensaba es que, o haces la mejor obra o no vale la pena. Beti García llegó a tener más de 1.000 páginas. Por esos años le dejé una de esas versiones a Ignacio Gracia Noriega porque me comentó un día, o lo escribió en algún sitio, que yo había imaginado una ciudad subterránea debajo de Oviedo, que conectaba Gijón, Avilés y Oviedo, y a la que se accedía a través de los estancos, que como su propio nombre indica tenían puertas estancas. Había una doble realidad que era la que estaba sustentando todo lo que ocurría encima. Bueno, era una cosa bastante paranoica, con un detective y todo eso, y lo quité de hecho de la novela definitiva. Estuve ocho o nueve años con esa novela hasta que renuncié a hacer una obra maestra y me dije: “Esto es lo que puedo hacer y esto es lo que voy a publicar”».

Pop cross y Universidad. «Mientras tanto, hice muchas otras cosas. Por ejemplo, tuve un negocio de vacas, como socio de José Luis Somoano, que era de Cangas de Onís, pero había sido alcalde de Cangas del Narcea cuando estuvo allí de director de la Caja Rural. Me propuso invertir un dinero en comprar 60 vacas en primavera, cuando bajaban de la sierra de la ribera a Somao, al lado de Cangas de Onís, y alquilar una vega cerca de Leitariegos, una sierra de verano, para engordarlas y venderlas en otoño. Funcionó bien el primer año, pero el segundo, menos, porque nevó muy pronto, en septiembre. Tuve otro negocio curioso, que fue la concesión con dos amigos de Cangas del servicio de bares para las carreras de pop cross de Citroën. Íbamos por toda España y había que montar grandes toldos con las neveras de refrescos y bocadillos. Estuvimos en Oviedo, Granada, Barcelona, Valencia?, por todo el país. Lo que me ocurrió después fue una casualidad completa. Ramón Akal me dio un libro, “La mediación social”, el primero de Manuel Martín Serrano, a quien yo conocía por haber sido compañero de colegio de mi primo José Manuel Álvarez Flórez. Hice la corrección del libro y con tal motivo me encontré con Martín Serrano. Ese año él había sacado la oposición de agregado en la Facultad de Ciencias de la Información. “¿Quieres venir de profesor?”, me preguntó. “Encantado”. Tuve que hacer el examen de grado y empezar a pensar en la tesis doctoral. Estuve 10 años en Ciencias de la Información, de 1977 a 1986, como profesor de Teoría de la Comunicación. Al comenzar en la Universidad hice un curso de semiótica en Italia y empecé a leer ciertas materias de una manera más sistemática. Hice la tesis sobre “Comunicación y sociabilidad en Rousseau”. Como yo era licenciado en Derecho tuve que buscar una tesis que tuviese que ver con la sociología de la comunicación y, al mismo tiempo, leerla en la Facultad de Derecho. Lo hice en 1985 y a continuación saqué la plaza en Bellas Artes y elaboré el programa de Sociología de la Cultura».

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José Avello (El Comercio)

Revista y novela. «Por el medio fundamos una revista de literatura, “Estaciones”, que financiaba un amigo mío, Carlos Benítez. La hacíamos con dos escritores argentinos, Héctor Tizón y Santiago Sylvester, maravillosos escritores a los que yo había conocido en 1973, cuando Milagros y yo hicimos un viaje a Argentina. Conocimos a muchos escritores y me echó una mano Marcos Ricardo Barnatán, amigo ya en Madrid, que me proporcionó direcciones. Estuvimos viajando de ciudad en ciudad, de escritor en escritor, de poeta en poeta? Muchos de esos escritores se tuvieron que venir a España cuando comienza la dictadura en Argentina, y con ellos ya en Madrid es cuando nace “Estaciones”. La Universidad significó para mí un paréntesis de seis o siete años sin escribir literatura, dedicado a la tesis o a los artículos y publicaciones académicas. Pero después escribí “Jugadores de billar” que es por así decirlo un cierre de lo que había comenzado con Beti García, que comienza a finales del siglo XIX con un emigrante que retorna de Argentina y termina con la Revolución de Asturias y la Guerra Civil. El presente de “Jugadores de billar” transcurre en los años 90 en Oviedo, con unos personajes que también sufren las consecuencias de esa Guerra Civil. Me gustan las novelas de personajes, pero yo creo que en ésta el protagonista central es la ciudad de Oviedo, el estilo de vida de la ciudad, las distintas clases sociales, que están todas entremezcladas y van apareciendo con sus personajes. Además del premio “Villa de Madrid” de 2002, la novela gano el Premio del Crítica de Asturias, que agradecí especialmente».

Contradicciones culturales. «Respecto a la labor de investigación académica, en Bellas Artes vi que los estudiantes tenían que proyectar una mirada sobre los valores, los argumentos, que hay detrás de la cultura. Por eso orienté la materia hacia el análisis cultural: ¿por qué hay épocas culturales? ¿Qué es una actitud ilustrada frente a la cultura popular, frente a la superstición? ¿Qué es una creencia? Realizamos una investigación en la que sirvió de base mi experiencia de Guinea, sobre el lenguaje político. La lengua política en Guinea es el español, ya que con las lenguas autóctonas no se entienden entre ellos. Ahora bien, el problema es cómo funcionan las categorías políticas (Estado, democracia, libertad, etcétera) de una lengua moderna y desarrollada, como el español, al ser traducidas desde unos esquemas lingüísticos de pensamiento autóctono que carecen por completo de esos términos. Por ejemplo no tienen la palabra libertad, sólo “hombre libre”. Tomamos los discursos políticos generados en el país desde antes de la independencia y descubrimos que a los pobres guineanos se les había caído el Estado encima, un Estado que para ellos eran coches, edificios, pero no instituciones en el sentido de cómo funciona un Estado moderno y un sistema de leyes. Y el problema cultural en África en general es que el valor superior de un africano es la solidaridad tribal, la solidaridad clánica: eres algo en tanto que perteneces a un clan, a una familia o a una tribu. Si tú eres ministro, ¿cómo no nombrar a un hermanito funcionario del Ministerio? ¿Qué significa la palabra corrupción? De este tipo de contradicciones procede una enorme cantidad de conflictos en África».

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Crueldad y bondad. «En septiembre de 2010 me acogí a la posibilidad de la jubilación a los 65 en la Complutense y a continuar como profesor emérito hasta los 70. Tras entrar de profesor en la Universidad casi por casualidad, descubrí que la docencia me resultaba una actividad apasionante, pues básicamente consiste en investigar sobre la realidad social y cultural, leer y reunir información de forma sistemática y transmitirla luego a los estudiantes bajo un orden que facilite su entendimiento, es decir, consistía en leer y narrar, cosas que he hecho durante toda mi vida de forma espontánea. Así, en los años ochenta y noventa participé en la fundación, como profesor, del Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid, cuya área teórica diseñé junto a los arquitectos y profesores Javier Seguí y Juanjo Torrenova. También, más tarde, fui profesor en la Universidad de Nueva York en Madrid, donde sustituí a José Hierro cuando se jubiló, impartiendo cursos sobre cultura española y literatura. Mi vida universitaria ha sido bastante apacible y muy gratificante. Durante los últimos 20 años participo activamente en una tertulia de buenos amigos en la que nos reunimos para leer a los clásicos y comentarlos: Homero, Cervantes, Montaigne, Dante, Heródoto?, un autor cada año; ahora estamos leyendo a Plutarco, y resulta fascinante comprobar cómo a los antiguos les preocupaban básicamente los mismos problemas que a nosotros y con qué prudencia y sabiduría los abordaron. Pero también tenían vicios y pasiones: como ahora, la crueldad y la bondad siguen en combate en la vida de los hombres y de las sociedades casi de la misma forma. A menudo suelo recordar lo que tantas veces le oí decir a Rompelosas, de las Escolinas, en mi juventud canguesa. Cuando alguien le reprochaba lo que bebía, Rompelosas solía contestar: “Todos los pajarinos comen trigo y sólo pagan los gorriones”. Describe bastante bien lo que nos pasa. Pero nunca llovió que no escampara».

 

“La subversión de Beti García”

No es necesario decir nada acerca de la época anterior, pues aparentemente todo marchaba bien. […] Pero hubo un día, poco después de que Beti  cumpliese los quince años, en que sentí cómo se abría entre nosotros un pozo de miedo, un espacio cargado de repulsiva confusión […] Sólo por que existió ese día he aceptado estar recluido.

José Manuel y Lidia están casados y tienen tres niñas. La mayor se llama Beti. Ésta juega con el padre, lo incita y lo rehuye a su vez en un juego incestuoso. El padre estaba atravesando por momentos angustiosos a causa de la deriva de la empresa, al borde de la quiebra. La familia incluso le apremia para que soborne a los altos cargos políticos. […] Lidia pretende que debo sobornar a los nuevos funcionarios del Ayutamiento,  que todo hombre tiene un precio…etc. Toda una vieja filosofía heredada de mi padre en cuya conclusión está mi debilidad e incompetencia. […] Siendo yo un niño, mi madre me dio una fotografía. Fue un día de lágrimas […] La fotografía de Beti García, de quien hasta entonces jamás había oído hablar e ignoraba su existencia. […] En casa, mamá lloró abrazada a mí y me dio la fotografía de la tía Betsabé diciéndome que se había muerto antes de nacer yo. […] Ella se abrazaba a mí y me decía: <<Tienes que quererla mucho, tienes que quererla mucho>>.

Ambasaguas – población ficticia y que en realidad es Cangas de Narcea – llegan un buen día Baltasar García, entonces niño, y su madre Eulalia (la muda del molino). Baltasar embarcará para América luego al hacerse mayor y quedará sola Eulalia. Baltasar al cabo de los años hará una gran fortuna. Muere Eulalia sin nadie que la socorra y entierre  y Baltasar desde Argentina enviará una gran suma de dinero al alcalde don Leandro para hacer una fiesta de fuegos artificiales y cohetes, además de unas misas por su madre. En Argentina Baltasar tiene varios prostíbulos y son la fuente principal de su riqueza. Volverá hasta Ambasaguas y será agasajado por las autoridades civiles y eclesiásticas por lo espléndido que es con ellos, y al final se casará con Rosario la hija única de don Leandro  y con la que tendrá tres hijas. Ya de vuelta a Buenos Aires, el matrimonio se instala en una casa en la que don Gaspar, manteniendo ocultos sus negocios a su mujer no le permitirá salir. Rosario y sus hijas así serán ajenas  por completo al conocimiento de sus actividades. Pasan los años y don Gaspar, por fin decide a instancias de su mujer, y con el fin de gozar de notoriedad social con la que alimentar su voraz vanidad, regresar a Ambasaguas como un rico indiano. Agasaja al pueblo para hacer visible y patente su escalada social y a la vez prosigue a través de testaferros con sus negocios turbios de Argentina.

Beti la hija pequeña no hablará hasta que tenga diez años. Se niega a pesar de los castigos de su padre don Baltasar, al que ve cómo es en realidad, un hombre perverso y brutal. Beti así tendrá una personalidad especial, muy distinta a la de sus hermanas, quienes permanecen fuera de la realidad mundana, ajenas a todo lo que ocurre a su alrededor. Le pondrán un profesor particular y nace una afinidad entre éste y la niña que se irá desarrollando y gestando para el futuro. Así la niña le llamará Volga a quien más adelante se convertirá en su pareja. El padre queda viudo y viola a Beti. Debido a los problemas de sus negocios, embarcará para Argentina y al llegar morirá en los barrios bajos, asesinado en extrañas circunstancias, así los periódicos argentinos destacarán desenmascarán   su verdadera actividad gansteril y su pertenencia al mundo del hampa. Estas noticias llegan raudas también a Ambasaguas, y el pueblo entero conocerá la verdadera naturaleza de la fortuna del vanidoso y respetado indiano. Rápidamente empezarán a hostigar a las hijas, las calumniarán, las avergozarán y tendrán que irse a Oviedo a vivir, escapando furtivamente de la casa. En su casa de Oviedo, sin relaciones sociales, las dos hermanas mayores tendrán un comportamiento enfermizo, desquiciado, de plenos remordimientos religiosos ante las fechorías del padre, que desde el más allá las pareciera seguir atormentando con su cólera y crueldad, pero que ellas bien por la lujuria o por la gula corrigen por la noche.

Beti se mantiene ajena a todo esto en un estado perezoso. Van a un servicio religioso y estalla la revolución (1934). Beti escapará con Volga al verlo como dirige las masas de mineros en la iglesia. Tendrán luego que huir con otros compañeros – tres hombres y cuatro mujeres – de lucha a refugiarse en las brañas del Acebal. Allí en una casa abandonada y sin terminar -sueño casi imposible de un indiano-  fundarán una comuna fraternal donde convivirán con hambre y mucho frío, tormentas de nieve y aullidos de lobos, exhaustos y sin esperanza hasta poder esperar a que llegue el buen tiempo. Durante este tiempo todo se comparte, cuerpos y pensamientos, se distribuyen las tareas y se llega a redactar -Volga- una constitución. Allí nacerá el hijo de Beti. Volga se irá e inmediatamente será apresado y asesinado por los sublevados – ha estallado la Guerra Civil- y los otros morirán en el asalto con morteros a la casa. Sólo salvarán su vida Beti y otro hombre. Beti llegará donde sus hermanas que la acogerán, pero al estar casada una de ellas con el contable de don Gaspar -siendo ahora un falangista de primera- no la dejan salir de casa y tiene que verse obligada a vivir en el sótano. El niño de Beti ahora es adoptado por la pareja y Beti solo puede verlo por la noche. El niño luego soñará con un ángel que le acaricia y le canta para dormir -es su madre Beti- pero no tardando, y por el miedo que inspira el marido, a las hermanas se les olvida dar de comer a Beti y dándose cuenta de que puede que busquen su muerte, logrará escapar ella sola.

Ahora el hijo al salir del sanatorio mental buscará a esa persona con la que estuvo Beti en las brañas, a quien supone su padre de verdad, y la llevará a ver como un fantasma regresado, a su tía y su marido, envejecidos y temerosos de sus hechos alevosos del pasado.

[…] Terminó la guerra, pero no cesaron la muerte y la persecución. Por los montes asturianos deambulaban hombres vencidos para quienes sólo tenía sentido la palabra resistir, sin apenas más meta que  la de salvar la vida, alimentarse, ser. Los pueblos eran enormes campos de concentración por donde se difundía la ilusión de que había paz; el hambre era más poderosa que el resentimiento y el dolor de la derrota; los vencedores iniciaban sus negocios. […] pero jamás llegaría el perdón para los acreedores y los ofendidos, jamás habría perdón para aquellos a quienes les habían robado la propiedad, la razón, los hijos, pues ésos no sólo tendrían que ser borrados de la faz de la tierra, sino también de la memoria.

 

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